Author: Motorizer
•lunes, junio 15, 2009

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Bueno, un año más hemos repetido la señera ruta de Trevélez a Siete Lagunas, tras algunos cambios de fechas, bajas y altas y demás temas de organización. Esta vez el grupo se veía reducido a un triunvirato montañero, Olga, Fernando y un servidor.

Es cierto que la logística no ha sido tan exhaustiva como otros años, sino más bien casi como decir, oye ¿quedamos mañana y nos lanzamos a subir a Siete Lagunas?, vale tío, ¿a qué hora? A modo de una actuación de jazz fusión, la improvisación ha sido la bandera notable en esta expedición, con una excepción: estaba claro que las Murphys iban a ser equipaje obligado. Lo demás, lo que cupiera en la mochila.

PRIMER DÍA: SUBIDA A SIETE LAGUNAS.

Entonces, a eso de las cinco de la mañana, y unos minutillos más, estábamos acoplados en el coche de Fer, con más miedo que ganas, puesto que el peso que llevábamos nos hacía pensar que era tela marinera lo que teníamos que portar hasta allí arriba. Pero la suerte estaba echada, y para Trevélez que nos dirigimos. Como una cotorra, no paré de hablar durante todo el trayecto, mientras Olga aprovechaba para echar un sueñecito. Amanecía cuando llegamos a las faldas de Sierra Nevada, y tras muchas e interminables curvas aparecimos en el Rivendel del Jamón. Como siempre, desayunamos en el único bar que a esas horas está abierto, y como no, para coger energías cayeron las ya tradicionales tostadas con el oro rojo porcino.

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Nos preparamos, tras aparcar el coche un poco más arriba, en el único hueco que habían dejado los tirititeros que se habían hecho dueños y señores con sus atracciones de feria (el pueblo estaba en fiestas). Primera contractura: levantar en peso la mochila para colocársela es digno de mejor campeón harrijasotzaile, Iñaki Peruena.

Unos chavales nos piden información sobre la subida, y si la arista entre Alcazaba y Mulhacén está practicable. Nosotros contestamos como montañeros “aficionadillos”. Más gente sube al mismo sitio. Esto parece que va a estar animado.

Las calles del pueblo son un momento para calentar, tan empinadas y empedradas, ahí todo simpáticas, con lo cual, los gemelos te empiezan a picar. Abandonamos la civilización en el camino que ilusamente nos indican que tenemos cinco horas por delante para subir a nuestro destino.

Hace calor, incluso para la hora que es, las ocho y media de la mañana. Pero con el paisaje, el verdor que se ve por todos lados, lo intentamos llevar lo mejor posible. Sabemos que nos queda mucho por delante. Las acequias van llenas, y el rumor del agua es la banda sonora en el primer tramo.

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El hombre que susurraba a los caballosY se acaba lo bucólico. Hay que afrontar lo más duro en desnivel de la ruta, sin sombra, sin piedad, a saco, a echar los higadillos. Y nos metemos en faena, qué remedio. Nos lo tomamos con paciencia. Tras el primer periplo, como porteros de discoteca, pero sin apariencia agresiva, una manada de caballos pastaba tan ricamente en medio de la vereda. Pero ni siquiera se fijaron en si llevábamos calcetines blancos o no. Alguno relinchó a mi paso, y mis cataplines se bailaron una tarantela dentro de mi pantalón.

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Llegamos al pinar, que si fuera más crecido sería una bendición, pero no, es todo lo contrario, un infierno verde que te atosiga sin piedad, eternizando la subida hasta la Campiñuela. Aquí, el grupo estaba disgregado, con alguna parada que otra. Yo me adelanté hasta el privilegiado otero que es la era del refugio, previo al lugar donde íbamos a hacer la parada técnica, el manantial que hay más adelante.

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Ya se podía ver el espectáculo de las Chorreras Negras en la lejanía. Pronto llegan el resto y tras un breve descanso, decidimos estirarnos hasta la pradera donde brota un fresquito manantial. Lo peor había pasado, o casi.

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Desde la Campiñuela hasta el vertedero, nuestros hombros consiguieron algo de alivio, pues la subida, aunque constante, era llevadera. En el Vertedero, descansamos, pues tocaba de nuevo darle a los pinreles, disfrutando de la fuerza del agua que bajaba con ganas estrellándose en una y otra piedra buscando el cauce del río Trevélez.

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IMG_6728 Mis ojos no dan a basto para mirar a todas direcciones, pues por donde uno ponga la mirada encuentra algo que merece la pena retener en la mente: una cascada, neveros, túneles de nieve, verdor, flores, el cielo azul, las nubes. La ruta está más que espectacular, increíble, no me la imaginaba así, me faltan adjetivos y mi cámara me pide por favor que no la guarde en su funda, que quiere inmortalizar todos y cada uno de esos lugares y momentos.

Cruzamos por el vertedero y comenzamos la penúltima subida, antesala de las Chorreras, que ya se escuchan en la lejanía. Aquí ya hay overbooking de personas que se dirigen hasta allí, algunos, más ligeros de equipaje para envidia cochina nuestra. 3

Y ya estamos en las Chorreras Negras; imponentes, con más agua que nunca, con más ruido ensordecedor que uno se pueda imaginar, en pleno apogeo de la más exuberante naturaleza.

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La pendiente es considerable, y los hombros piden clemencia, quieren descansar, pero para ello hay que afrontar el último reto. En medio de la cascada me llama Jesús, que me tenía controlado el horario, y acierta con el lugar exacto donde me encuentro. Consigo llegar hasta arriba, donde arrojo violentamente al suelo la mochila, oteo previamente la zona buscando un lugar donde asentarnos, y lo comunico por el walkie a Fer, que apenas le entiendo algo por lo ensordecedor del entorno. Me siento en una roca desde donde observo como Olga va comiendo metros hasta nuestro encuentro, y Fernando le sigue a la zaga unos metros más abajo.

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IMG_6823El lugar está animado, así que no nos demoramos mucho y buscamos donde ubicarnos, pues hay mucha agua y lugares secos y blandos no es que abunden mucho. Vamos pasando con mucho cuidado los traicioneros borreguiles, que a veces escondes trampas ocultas de agua y barro. Nos ubicamos en la ladera del Muley, bajo su manto protector, y cerca de un manantial de agua que salía fresquita de un nevero.

Había que montar pronto el campamento base. Llegamos a unas corraletas donde consideramos poner las tiendas, pero nos pudo más el hambre, así que primero metimos combustible al buche y después comenzamos el montaje de nuestros habitáculos. Mientras Olga y Fer montaban la tienda de la primera, yo me eché una mini siesta, pero luego nos tocó a nosotros. Vamos a ver: una tienda, sus instrucciones, dos adultos de edad media (jo que mal nos va sonando ya eso), universitarios y sobradamente preparados. Pues fue peor que si a una ameba le das para hacer un sudoku de cincuenta filas. Que si la piqueta es por aquí, que si tensa por allá, que se abomba y no sabemos por qué, quita piquetas, estira más, que no cabe el avance, que si esto lo otro; pero, lo conseguimos (nos pusimos de tiempo límite el anochecer).

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Las cabras merodeaban por allí, y las nubes también, y de hecho cayeron varias gotas. Las pobres cornudas tuvieron su sesión obligada de aerobic con un monitor que no habían contratado, Garras, que las hacía menearse que daba gusto con sus persecuciones y ladridos. Sus dueños nos pidieron un mechero marca La Sole que amablemente Olga les prestó. Mientras mis compañeros descansaban, me fui a llamar por teléfono y dar señales de vida y de paso hacer fotografías, pues la tarde lo merecía. Me fui por la otra loma y fui descubriendo arroyos, lagunas semienterradas aún por la nieve y el hielo, en un paisaje puramente invernal.

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A las ocho y media de la tarde decidimos que íbamos a cenar, pues el cuerpo pedía acostarnos. Como pudimos nos arrejuntamos en la tienda (en el buen sentido de la palabra) e intentamos que cada uno comiera de las provisiones del otro, vieja tradición de AFP en Siete Lagunas. Tras algunas historias sobre zorros caníbales que atacaban a montañeras que duermen solitarias en tiendas de campaña, decidimos irnos a dormir que mañana sería otro día, no sin antes dejar bien atada la basura y puesta a buen recaudo, y ponernos el pijama.

SEGUNDO DÍA: ALCAZABA Y VUELTA A CASA.

Amanece que no es poco, y a eso de las siete de la mañana, tras haber pasado una noche infernal, con los pies apoyados encima de nuestras mochilas, despertándonos cada diez minutos para cambiar de postura, con un viento que se levantó sobre las cinco de la mañana, con lluvia, y con unos ruidos sospechosos de que algo merodeaba nuestras tiendas, decidimos desayunar.

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Los zorros encontraron la forma de entrar en nuestro “inexpugnable” zulo de detritus. Parece que les gustó la ensalada americana que Fernando no quiso terminar la noche anterior. Tuvimos que recoger todo y depositarlo en una bolsa nueva. Mientras desayunamos decidimos qué hacer, y Olga y yo pensamos que la Alcazaba ya se había resistido suficiente, y que íbamos a tirarle. Fernando, discretamente se ofreció a cuidar el CB. Sincronizamos los relojes y organizamos el plan de comunicaciones: cada 15 minutos haríamos puesta de contacto, para contar novedades. A eso de las ocho y media empezamos a subir, con la diferencia de no llevar más que los bastones y un poco de agua. La loma se sube casi sin querer, y pronto nos encontramos ya en dirección al Peñón del Globo.

La perspectiva es totalmente distinta a otras ocasiones. Las cabras aparecen de nuevo, esta vez con varios machos de considerable cornamenta. Pero a uno, le sigue otro, y otra y otra, y así hasta treinta en un gigantesco rebaño, que nos hizo de sherpas.

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El camino es difícil de distinguir, pues no es una vereda clara, sino placas de lascas y más lascas de pizarra, pero conseguimos subir mientras la Cañada de Siete Lagunas se va mostrando ante nuestros alucinados ojos. Mantenemos contacto con el CB a través del walkie, qué lujo, como en las expediciones de verdad, y encima sin oxígeno. Llegamos al Peñón del Globo, no sin antes tener que casi trepar por algunos bloques. Hemos pasado del senderismo hasta el montañismo extremo. Coronamos nuestro primer tresmil del día, pero la foto de bandera la hacemos al abrigo del viento. Peñón del Globo, con vistas al Muley y las Siete Lagunas.

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Desde ahí vemos que tenemos todavía por delante una rampa de nieve hasta llegar al Alcazaba, nuestro objetivo. Nos asomamos al “Colaero” y las vistas te quitan el hipo. No puedo dejar de fotografiar. La Laguna Altera está coronada por una cinta turquesa.

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Siete_Lagunas_Pano_014Yo no me quiero ir de allí, me quedaría mucho tiempo, pero no podemos entretenernos, así que nos vamos a enfilar la pala de nieve, molestando a otras cabras (nunca había visto tantas juntas). Pensaba que íbamos a tardar más, pero sin darnos cuenta, la Alcazaba la teníamos ya en el bote, se dejó. Nos ha costado, pero ha caído uno de nuestros grandes objetivos, como en su momento lo fue el Almirez.IMG_6992

Pudimos contactar con el CB, que nos felicitó pero que nos dijo que no nos confiáramos con el tiempo y tiráramos para abajo. Y así hicimos, pero antes, teníamos que disfrutar de lo que se veía. Hacia el este, hacia el norte, hacia el sur, pero lo que más, lo que más me llamó la atención fue el Oeste, con la gigantesca mole del Muley protegiendo su más linda joya: la Laguna de la Mosca, que derrama en sus chorreras su excedente durante muchos muchos metros, en una verticalidad que me dio miedo. Es de las vistas más espectaculares que he visto nunca en mi vida. Me sentí pequeño, minúsculo y humilde, y di una y otra vez, gracias por ser tan privilegiado de estar allí. Junto a un poste con una chapa conmemorativa de un club de montaña catalán, descubrimos una bolsita con una foto plastificada, en la cual aparecía un chaval y en su reverso una emotiva dedicatoria de su hermano, con dos fechas: del 77 y del 97.

Ya teníamos que tirar para abajo, Fernando nos esperaba y todavía teníamos que preparar el equipaje y regresar, el peor momento del día. Acortamos por la gran pala de nieve que aún queda, y a pesar de algún despiste que otro, pronto nos encontrábamos en la loma de Culo de Perro, pudiendo contactar de nuevo con el CB.

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4Fernando estaba esperando y ya había empezado con el desmontaje de las tiendas y prácticamente había dejado listo todo. Una vez terminado el proceso, comimos algo para coger fuerzas y mentalizarnos de que el camino iba a ser duro y largo, que precisamente las horas de partida eran las peores del día, con todo el Lorenzo cayendo a plomo sin piedad sobre nuestras cabezas. Ya no quedaba nadie en Siete Lagunas, pero al final aparecieron algunos que otros excursionistas de día.

Comienza la Héjira. La bajada por la cascada de las Chorreras es nuestro triste pistoletazo de salida. Es el momento que más pena me da cuando hago esta ruta. Y ya estoy pensando cuándo será la próxima vez que vuelva por allí. Ahora hay que tener cuidado con las rodillas. No está el asunto para bromas.

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Casi sin darnos cuenta, llegamos al Vertedero donde hacemos miniparada para ajustarnos las mochilas, pero antes queremos ver la gran cascada que hay unos metros más arriba. Imposible acercarse a ella y hacernos fotos como en otras ocasiones. Pero por lo menos, la inmortalizamos desde lejos.

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Ponemos piloto automático hasta la Campiñuela, parada oficial de avituallamiento, sobre todo de líquido elemento. Allí, Fernando todavía tiene ganas de bromas y nos ofrece unas jugosas manzanas dignas de cualquier representación de Blancanieves, con la diferencia de que en este caso eran un regalo del cielo para nuestro paladar, y un alivio de 730 gramos menos en la espalda de tan generoso donante. Nuestro paladar se iluminó de pronto, con esa ambrosía fresquita en cada bocado. Allí estuvimos un buen rato, reponiendo fuerzas y como el sol estaba castigando, no perdimos mucho el tiempo.

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Atravesamos la temible bajada del pinar, con mis rodillas gritando clemencia y dando algún que otro aviso.

Tenemos ganas de llegar, y cada paso es uno menos que nos falta. Cada uno va inmerso en sus pensamientos, en mi caso el no tropezar o dar un paso en falso con la rodilla tocada, y encima con la típica canción horrenda que se te mete en la cabeza y no puedes soltar (esta vez le tocó a la execrable canción del anuncio de Fanta). Van pasando los minutos, y la bajada es ya un continuo golpeteo en las rodillas, sin sombra para cobijarse, hasta que por fin, un maravilloso nogal, frondoso y fresquito nos regala unos minutos de alivio. Estamos ya encauzados al tramo final, y la sombra nos acoge, e incluso nos permitimos el lujo de refrescarnos en los cursos de agua y fuentes que nos vamos encontrando a nuestro paso.

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Ya casi no me lo creo, estamos en Trevélez, y hemos tardado 3 horas y cuarto, con la parada larga en el manantial incluida. Tenemos la obligación de refrescarnos y quitarnos la mugre del camino. Mientras Fernando se “asea” nosotros bajamos al coche, a ver si ha sobrevivido a las tracas de cohetes, a los botellones alpujarreños y que no haya sido utilizado de urinario del ferial. Por lo que parece sigue igual que el día anterior. Si hay algo que me pide a gritos que haga es quitarme las botas; mis pies son unos garbanzos puestos en remojo, están medio deshechos.

Por fin llega Fernando, que se ha perdido en la gran urbe y nos encaminamos a Casa Julio, donde a la pobre dueña le ponemos cara de pena, como el gato de Shrek, y ella no puede negarse a hacernos unos platos alpujarreños, aunque a nosotros nos dio un regomello de cuidado, pues su marido le estaba inquiriendo para ir a las fiestas del pueblo. Comemos rápido, que tampoco queremos molestarla mucho y tras pagar y despedirnos, nos montamos en el coche.

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Una vez más, hemos culminado esta clásica, echando de menos a quienes no han estado con nosotros, a quienes cuando han subido aquí buscan su renovación espiritual, a quienes aún no lo han hecho y que quisieran haber estado, vamos a la gente que apreciamos. Esta ruta está dedicada a todos y cada uno de ellos.

Author: Motorizer
•sábado, junio 06, 2009

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Hacía tiempo que no nos dejábamos caer por la Ragua, y en mi caso, eso es algo imperdonable. El Chullo no lo habíamos catado aún esta temporada, y en vista que lo de Siete Lagunas se retrasaba, no podía quedarme en casa. Necesitaba salir aunque fuera a dar un garbeo.

Así que, de forma improvisada, nos hemos plantado el Broken Knee Team, o sea Jaime y un servidor, a medir nuestras fuerzas con la cima provincial. Salimos no excesivamente temprano (ocho y treinta), cogiendo la autovía hasta la Calahorra. Ya se puede ver que la nieve ha dicho adiós definitivamente, pero de recuerdo nos deja algunos neveros aislados que se resisten a irse, y eso que estamos en junio ya.

Adelantamos a unos sufridos ciclistas que estas horas de la mañana están a punto de coronar el Puerto de la Ragua. Nosotros llegamos, aparcamos, cogemos bártulos y tiramos millas para arriba.

En esta ocasión, coincidimos con una pareja que se dirige por el mismo camino, y al obligado saludo de buenos días, pronto entablamos conversación que no para hasta llegar al Chullo. Sin darnos cuenta, habíamos subido toda la loma sin apenas esfuerzo aparente. Y es que, cuando se empieza a hablar de montaña, de rutas, de cimas, de Anetos, Posets, Toubkales, y demás historias, el tiempo pasa volado.

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El viento hace aparición, y las nubes se van haciendo más y más grandes. Agustín y Conchi (que así se llamaban este simpático matrimonio) se despiden de nosotros, pues pretenden llegar al Almirez, pasando por la Laguna Seca, y volver, aunque la cosa no pinta muy bien por la zona, con esas cumbres cubiertas (ya atrajeron una granizada de escándalo en Lavaderos de la Reina la semana anterior, tal y como nos contaron).

Nosotros aprovechamos para hacer algunas fotos, pues en la conversación se me pasó el inmortalizar la subida, cosa rara en mí. Los piornos está floridos, de un amarillo intenso, con lo que el paisaje es espectacular.

Tras dar cuentas de algunas provisiones, tomamos el camino de regreso, donde ya si disparo más libremente la cámara, pero en realidad estamos más disfrutando de las vistas y de los olores que nos ha traído la primavera.

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Es difícil fotografiar a los grandes de Sierra Nevada, pues están tapadas por las nubes, y a nosotros no nos gusta cómo caza la perra, ya que puede liarse parda en pocos minutos. De hecho, el Chullo ya se ha cubierto de nubes. Así que seguimos bajando. Hay mucho movimiento de fauna, pues los insectos andan y vuelan a sus anchas.

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El amarillo es el color dominante, que contrasta con el verde de los pinos. Casi sin darnos cuenta, ya estamos afrontando el cortafuegos, donde otra pareja que sube en esos momentos, también nos pregunta por la Laguna Seca (¿será acaso el lugar de moda, y no nos hemos enterado?). Les respondo amablemente que suban al Chullo que aún les queda un poco, y luego en media hora larga se pueden poner en la citada Laguna. Seguimos nuestro camino, atentos a nuestras rodillas.

Ya estamos en el coche, pero antes de irnos decidimos tirar para la fuente de las Yeguas, donde refrescarnos como nos merecemos, hacernos alguna foto que otra y regresar por un bonito sendero entre los pinos, a tomar nota para el verano.

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No hay mucha gente en la Ragua, y el lugar está paradisíaco, todo verde, muy bucólico, y como aún nos queda jamón, queso y pan, nos nos vamos a ir sin aprovechar la coyuntura, así que nos sentamos en una mesa redonda, digna de Kamelot, y con mi particular Excalibur Manuela 3.0 reparto como buenos hermanos las viandas que portamos. Pero claro, sin agua, se nos hace bola en la boca, así que volvemos a la fuente de las Yeguas esta vez en coche, y con la premura de desatascar nuestros castigados esófagos. Mala suerte, nos toca esperar un larguísimo y eterno turno, tras la oportuna familia “llenagarrafasgigantescasparatodalasemana”. Cuando nos llega el ansiado momento, nuestra cara es de un color morado cardenal vaticano intenso. Llenamos la botella, y dejamos caer todo el contenido en la garganta, a modo de avenida torrencial de una tormenta de verano. Lo hemos conseguido, no nos hemos ahogado.

Es hora de volver, y con la satisfacción de que nuestras rodillas han respondido. Estoy seguro que regresaré alguna vez por la zona. Me ha gustado y repetiré el Chullo, eso estoy seguro (y vosotros también).

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Author: Motorizer
•domingo, mayo 31, 2009

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Tarde de domingo, ya empieza a apretar el calor, y decidimos irnos a repetir la ruta que hace dos años nos marcamos, buscando el Poblado del Oeste en ruinas del Coyote.

El punto de partida, el mismo pueblo de Tabernas, del que salimos, Dani el Marqués, Juan Miguel y un servidor, a eso de las seis de la tarde, arropados con gritos ánimo y júbilo por parte del público femenino que se nos cruza a nuestro paso (en otras palabras, nos llamaron, “tíos buenos”).

Tras empezar con un falso llano para entrar en calor, pronto tomamos la chicha del asunto, bajando frenéticamente hasta la rambla que no soltaremos hasta dentro de unos kilómetros.

El trazado del itinerario, lo lleva Dani en su móvil, que lleva integrado gps, y un maravilloso programa adecuado para ello (hasta con sonido de sirenas al puro estilo Tour de Francia). En una bifurcación, nos dice que tenemos que tirar por un camino que sube inexorablemente, y que no me suena de haberlo hecho la anterior vez. Pero pone poblado Western Leone, así que no acabaríamos en un pozo oscuro. La subida se las trae, y yo la subo muy chulito, ahí, de pie, como Marino Lejarreta. Consecuencia: lengua por los tobillos y más seca que una contestación de Chuck Norris ante una petición de limosna para el Domund. Dani nos trae dos noticias: una buena y otra mala. La buena, que sí, que el gps marcaba que ese era el camino, y que podíamos ver el poblado. La mala, que había que volver por donde habíamos subido y seguir por la rambla. Pues nada, para abajo.

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Se nota que este año ha llovido más y todo está más verde, incluso, tenemos que salvar algunos tramos con agua circulando por medio. Señores, ¡esto es BTT extremo!

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En medio del barrizal, encontramos a un compadre que se ha quedado con la C15 calada, y lleva empujándola él solo varios metros. Como buenos samaritanos riders (y del metal) prestamos nuestras hercúleas fuerzas para conseguir volver a arrancar el vehículo. Ya tenemos la buena acción del día.

Proseguimos, y en un despiste, seguimos rambla abajo, ya casi llegando al puente de la carretera, pero el Marqués y su gps nos muestran el camino, con un haz de luz poderoso bajando del cielo. Hay que retroceder de nuevo unos cien metros y meternos en otra rambla que se unía a la principal. Hay muchos conejos que se asustan a nuestro paso, yo creo que como no he visto en mi vida.

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Las paredes de la rambla son impresionantes, y paramos como en la anterior vez en un recodo, donde nos inmortalizamos.

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No, no parece que vaya a tirar ninguna falta Roberto Carlos.

Ya falta poco para llegar a nuestra meta, pero Juan Miguel toma las de Villadiego y se pasa la subida hasta el poblado, y a pesar de mis berridos, no consigo que se dé cuenta que hay que retroceder. Al final, regresa y cogemos las bicis al hombro para subir hasta el carril.

Ya casi hemos llegado. Lo que queda del decorado es más bien poco. El tiempo, y supongo que los vándalos se están encargando de deteriorarlo cada vez más. Entramos, pero ya no nos atrevemos a andar por ciertos sitios. Este lugar te pone la piel de gallina, pues las puertas chirrían, y te imaginas una escena de Abierto hasta el Amanecer si nos llega a pillar la noche allí.

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Nos hacemos las fotos de rigor y decidimos regresar, que el tiempo ahora corre en nuestra contra.

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Nos quedaba un obstáculo a salvar, una pista que sube salvajemente y que en la anterior ocasión la hice haciendo empujing. Pero no, le hemos echado lo que había que echarle, y llegamos como campeones a la verja, que tenemos que saltar (sin hacer comparaciones con otro odioso salto de la idem, que no voy a mencionar) y recogemos nuestro merecido premio: una bajada vertiginosa que nos hace poner las bicis a casi 70 kilómetros por hora, increíble.

Después del justo regalo, ya toca tomar la carretera hasta los coches, en el pueblo de Tabernas, cosa que se nos hace muy larga y tediosa, y un poco destrozapiernas, ya que hay muchas subidas largas y bajadas escasas. Pero cuando por fin vemos el destino, la meta, nos ponemos contentos como caracolillos en un día de lluvia. Lo hemos conseguido, hemos echado un buen rato de pedaleo por un sitio alucinante, solitario y a veces hasta fantasmagórico.

Los tesoros que tiene Almería.

Author: Motorizer
•sábado, mayo 30, 2009

blogcxmCarreraLaSagra

Un año más, se dan cita en la Puebla de Don Fadrique (Granada) los corredores de montaña para subir a tan emblemática cima. Una prueba durísima que este año ha aumentado el recorrido en unos cuantos kilómetros más. Son 27.5 Km. de recorrido, 2.100 metros de desnivel positivo y 1.750 metros. negativo. Con estos datos, se convierte en la edición más dura hasta el momento.

Y nuestra Mariquilla estará allí, a pesar de lesiones de rodilla.

Mucha suerte.

Aquí están los datos

diapo0b

perfil

Distancia: 27,5 km. - Desnivel + : 2.100 mts. - Dificultad: Alta - Coeficiente: 58

Control

Altura

Kilómetro

Situación

Avituallamiento

 

Hora

Salida

1.175 m.

0

Ayto. Puebla

 

 

9:00

1

1.805 m

6,400

Cumbre Calar

Líquido

 

 

2

1.280 m.

10,500

Cortijo Jorquera

Liq.-Sólido

Meta Juveniles

 

3

1.270 m.

15,350

Ermita Santas

Líquido

Cierre control

11:45

4

1.650 m.

19,000

Final pista

Liq.-Sólido

 

 

5

2.000 m.

20,400

Morra Zamarrillas

Liq.-Sólido(barritas)

Cierre control

13:00

6

2.383 m.

22,000

Cumbre Sagra

Líquido

 

 

7

2.000 m

23,600

Morra Zamarrillas

Liq.-Sólido(barritas)

 

 

Meta

1.500 m

27,500

Collados

Liq.-Sólido

Cierre Meta

14:30

Fuente: Amigos de la Sagra

Author: Fox Mulder
•domingo, mayo 17, 2009
Bueno, sí que ha pasado tiempo desde que escribiera aquí por última vez. Una pena, porque la ruta de hoy es de las que hacen afición. Y encima la climatología estuvo de nuestra parte... en exceso quizás, porque más de uno que pasa de pringarse con protectores solares y mariconadas de esas ha vuelto como una gamba a la parrilla.

Salimos de Canal Sur a las 8 Olga, Antonio, Luigui, y yo, rumbo a la Sierra de Baza. Pero antes parada técnica en el Montellano, donde el jefe nos tiene preparado otro show marca de la casa, empezó hablando de piononos, y ya había perdido el hilo del monólogo cuando escuché algo de "guarra", y "se traga las pollas dobladas". Hay que decir que cada vez encuentro su estilo más depurado, e incluso esta mañana se permitió el lujo de hacer publicidad de su pata de cordero. Un maestro, vamos.

Bueno, el plan era localizar el Pino de la Señora, oculto en algún recóndito lugar del Barranco de la Fonfría en la Sierra de Baza, pero allí mismo, Antonio, mientras digería su pionono, nos plantea una ruta alternativa por la zona sur de la Sierra de Baza, el objetivo: un bosque de álamos centenarios.
Yo, que para estas cosas soy muy matemático, pienso para mi mismo y mis adentros: "¡Cómo está Megan Fox!", pero también pienso: "¿Será posible que Olga me haya perdido mi chambergo?", pero entonces aprieto los ojos, que se me ponen como a Jackie Chan, hago un esfuerzo supremo por concentrarme, y pienso: "ya he ido a buscar el Pino de la Señora dos veces, y las dos veces me volví sin encontrarlo; y ahora hablamos de un bosque entero... (bosque > árbol) => más fácil encontrar bosque. Sí, seguro...". Así que tras una breve indecisión, la ruta alternativa triunfa.

A la altura de Fiñana cogemos el desvío a Escúllar y entramos en la Sierra de Baza por la puerta de atrás, que es la nuestra, como para todo en Andalucía. Y con los mapas y el GEPE-EZE no nos resulta difícil encontrar el inicio de la ruta, que para nuestra tranquilidad se encuentra perfectamente señalizada.
Esta era la primera ruta que coincidía con Antonio, dícese del hombre con una Wikipedia en la cabeza, Antoniopedia, o Wiki-Antonio. Y no habíamos andado mucho, de hecho fue durante una parada en el camino, cuando me di cuenta que esta ruta iba a ser diferente: no sólo nos ibamos a divertir, sino que además ibamos a aprender un montón de cosas. Que Antonio me perdone que ya mi cabeza no rige como antaño, y no me llevé para tomar apuntes, así que un montón de cosas que dijo no las podré reflejar con exactitud en esta crónica... por no decir, que es que ni las podré reflejar.

Como os digo, esa pequeña parada que hicimos con objeto de inmortalizar imágenes de nuestra Sierra Nevada, se convirtió en una clase magistral de botánica. Y donde antes hubiera visto simplemente verde que es mejor no pisar para que no se enfade Luigui ;-) ahora veía innumerables variedades de flores y hierbas, algunas incluso de excelente sabor para infusión. Esto es algo como cuando Neo comprende Matrix, pero en ecológico... pero qué gilipolleces digo.

Bueno, estamos ya dispuestos, comenzamos a andar, me hecho la mochila a la espalda y las dos contracturas aguantan el envite. El sendero es muy bueno, y nos planteamos repetir en bici, y discurre en todo momento entre frondosa vegetación, rumor de agua, y canto de pájaros e insectos. Son escenas absolutamente bucólicas. Las cámaras empiezan a echar humo.

Grandes ejemplares de árboles flanquean el camino a nuestro paso, aportando sombra y color, y de vez en cuando, centenarias construcciones semi-derruidas se asoman a un claro en el camino. Además de vegetación nos topamos con algunos batracios que salen espantados al vernos, sólo un pequeño renacuajo se deja fotografiar.

Algunos árboles son de proporciones tan espectaculares que hasta Antonio queda sorprendido, como ese cerezo al que le hemos tomado la matrícula para volver a recoger su fruto dentro de un mes, si es que los arrendajos nos lo permiten. También nos llama la atención un pino que se eleva por encima de los 20 metros, y un castaño al margen del sendero, fuerte y antiguo.

Encontramos un cartel informativo destrozado por un cartuchazo, y no quiero perder la oportunidad de destacar desde aquí la buena puntería del individuo responsable, así como, por otro lado, su limitada inteligencia. Un claro ejemplo del dicho "tienes más peligro que un mono con dos pistolas", pero en versión escopeta de cartuchos.

Llegamos al final del sendero "oficial" y emprendemos camino de vuelta por la pista forestal que cruza en aquel mismo lugar. El firme está en buen estado, y pienso en que gustazo sería hacer esa pista en bici, pero la pendiente es inexorable y no da tregua apenas en todo el recorrido de vuelta.
Paramos a comer junto a unos riscos, bajo unos pinos que nos hacen sombra porque a esas alturas el Sol estaba pegando de lo lindo. Olga se marca el detallazo de traerse una botella de Ribera de Duero del que damos buena cuenta (aunque seguimos echando de menos la bota de Angel, pero entre tanto...), y el menú gourmet no queda ahí, en el postre: granadilla, y tamarillo. Esto, junto con la hierba que identificó Antonio para ensalada, tan apreciada en Murcia y que ahora no recuerdo su nombre.

Después de la comida, foto de bandera, y vuelta al camino. Al poco tiempo llegamos al Mirador Barea, un mirador muy bien hecho y con unas vistas impresionantes de las sierras circundantes. Aún quedaban dos kilómetros de pista para llegar a la carretera principal, durante el trayecto vimos un par de venados moverse ágiles entre la vegetación, apenas una sombra. Y en una zona de umbría en el margen del camino, Antonio descubrió varias orquídeas.

Por último, y tras un pequeño recorrido por asfalto, cerramos el círculo y llegamos a los coches. Allí nos esperaba un enjambre de bichejos con querencia por el blanco, precisamente el color de las bermudas de Olga. Así que aligeramos el ritmo y nos metimos en el coche rápidamente, aunque también lo hicieron unos cuantos bichejos, que ibamos tirando por la ventana cada vez que nos hacíamos con uno de ellos. Alguno, seguro, llegaría hasta Almería.