Author: Motorizer
•domingo, noviembre 15, 2009

DSCN6479 Es otoño, debería hacer más frío, llover, mal tiempo, vamos lo típico. Pero no. Este año parecía que el verano se despedía prontamente, pero volvió la primavera. Definitivamente, están locos los dioses del tiempo.

La intención era poder ir a fotografiar esta maravillosa estación, a través del sendero Sulayr que parte de la zona de la Ragua en dirección a Peña Negra, pasando por el Toril, y recrearnos en los detalles, buscar los mejores escenarios, las más suculentas protagonistas y que el disparador de la cámara echara humo. Bueno, ahí dejo eso.

A eso de las ocho de la mañana, Ana, Cristian (que se estrenaba con nosotros en esto de los madrugones de fin de semana) y un servidor tomaban la carretera camino de la autovía dirección Granada. La parada es obligatoria por supuesto en nuestro ya habitual Montellano de Gérgal, pero si en la anterior ocasión habíamos coincidido con varios cazadores, esta vez habían traído a todos sus amigos. Costó encontrar un aparcamiento decente entre tanto todoterreno con remolque acoplado, lleno de apretados jamelgos de caza. Mi miedo era que no sólo acabaran con el porcino salvaje de la sierra a base de cartuchazos, sino que incluso hicieran algo parecido con su primo doméstico a la hora de pedir manduca de desayuno en el citado bar. Para nuestra suerte, sorteando ejércitos armados hasta los dientes con indumentaria de camuflaje, encontramos el hueco justo para toparnos de bruces con la cara de la simpática camarera que nos preguntó: “¿qué os pongo corazones?” Recé para que quedara algo de ese manjar llamado oro rojo, curado sabiamente en nuestras sierras, que las hordas de gatillo fácil no las hubieran fagocitado a lo Gargantúa, y que por lo menos nos hubieran dejado la tirilla de colgar viva. Pero parecía que seguía la suerte a nuestro lado: un servicio exquisito, tal vez producto de nuestra excelsa y delicada educación a la hora de pedir el desayuno, hizo que nos llegaran unas maravillosas tostadas de atún con queso y de Jamón (con mayúscula) con tomate. Ya teníamos “nuestras pilas” puestas y dispuestas.

DSCN6483 Ya sólo quedaba llegar a la Ragua, y conforme avanzábamos un vientecillo sospechoso me empezó a mosquear. Efectivamente, en el mismo puerto, a parte de una temperatura algo fresca, la brisa era más que eso, es decir, un vendaval del copón. Decidí pues en vez de tomar el clásico cortafuegos ahí en frío, protegernos por los árboles, aunque fuera un pelín más largo el itinerario. Nos recibe un cartel que pone Coto Micológico, esto es nuevo, y eso nos da esperanzas de encontrar ejemplares de setas a los que fotografiar. Al refugio de los pinos, una ardilla nos recibía casi al inicio, dejándose seducir por la cámara.

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Esto sirvió para que el resto del trayecto fuéramos poniendo más atención a ver qué veíamos. Cruzamos el cortafuegos ya más arriba enfrentándonos a un viento huracanado, hasta que volvemos a entrar a la protección del bosque. Estamos en Fangorn. La sensación es de calma tensa, pues a la entrada del bosque oscuro y sombrío un cartel nos anuncia que los de abajo andan por aquí, y que tengamos cuidado.

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Pues nada, a poner más ojos y hacer ruido. Tengo una sensación extraña y es que voy viendo desde un ángulo nuevo un paisaje que tengo tan familiar y frecuentado. Otras  caras de la misma moneda. El Chullo desde otra perspectiva, Sanjuanero, Picón…

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El sendero es cómodo y se va avanzando rápido, encontramos setas, pero tanta sequía otoñal no les está beneficiando precisamente, así que es muy difícil encontrar ejemplares dignos de inmortalizar. A todo esto se me acaban las pilas que llevaba. Tranquilo, me digo, cambia por las que terminaste de cargar esta mañana, y tirando que es gerundio. Realizo la operación, y para mi chasco, tras tomar una instantánea de  un nido de procesionaria, ¡Zas! en toda la boca, me pone que también están gastadas. Me acaban de amputar de un plumazo uno de mis motivos de existencia: el disparar a todo lo que se menea. Lloro, pataleo, me desespero, me abrazo a un árbol, me doy a la bebida (isotónica), repito una y otra vez que me quiero ir a mi casa, que la vida ya no tiene sentido, y tras muchísima paciencia, dos paquetes de kleenex y diez kilos de helado antidepresión, Ana y Cristian consiguen convencerme que la vida sigue, que ellos tienen una cámara, y que si me hace ilusión, me la dejan, siempre y cuando quite ese puchero que tengo por cara. Vale, digo.

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Hay que seguir, y del sendero caemos a la pista forestal, eso sí siempre entre pinos, dirección este. Un todoterreno de Medio Ambiente nos adelanta, y nosotros encontramos los primeros arroyos en la zona de las Chorreras. Da gusto oír y ver el agua, pero no tengo batería en la cámara, me lamento. Vuelven los chavales de verde y nos preguntan si tenemos el coche en la Ragua. Ante nuestra afirmativa, nos comentan que hasta las dos no se va a poder bajar, porque han cortado la carretera por la batida de jabalí. Les decimos que tranquilos, que estamos vacunados y que tardaremos en llegar, posterior a esa hora. El tramo de pista acaba y volvemos a tomar senda, ésta más bonita, y pronto divisamos las nortes de la Sierra Nevada Almeriense, tan bella y tan desconocida.

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Vamos comentando que hay que ver qué solitaria es esta zona de la sierra, que es difícil encontrarse a alguien, que si esto no es como la Vereda de la Estrella, que si te sientes a veces como estar en un lugar salvaje y apartado del mundo que conoces, cuando de pronto surgen dos ciclistas que vienen por la vereda. Amablemente, les cedemos el paso y de pronto veo que el primero se para a mi lado y me saluda: “¿Hombre, qué haces tú por aquí?”. Dos amigos de Retamar que han salido desde Huéneja y vienen haciendo el sendero. Toma ya, anonimato y soledad anacoreta montañera a tomar viento. Charlamos, quedamos para que podamos hacer una ruta juntos y nos despedimos. La senda sigue, mis lamentos continúan recordando la hecatombe de las pilas descargadas, y a cada rincón recibo una punzada en lo más profundo de mi alma de fotógrafo (de cuarta división todo hay que decirlo): pequeños arroyos, detalles de su flora, arces con su amarillenta vestimenta, majuelos ensangrentados de frutos, barrancos frondosos y profundos que se desploman sobre el valle. Cualquiera con una cámara tendría ya un esguince en el dedo de disparar.

De la senda se regresa a otra pista forestal, pero con el encanto de ir entre pinos, y sueño con visitarla cuando la nieve llegue, si llega, a estas latitudes. Los pájaros dan el toque de vida animal que complementa esa belleza que no puedo inmortalizar, los bosques aquí están más maduros y los árboles tienen mayor porte. De todas formas, de las primeras y agonizantes pilas que traía, consigo arañar algunas instantáneas, pero con otras es imposible, el objetivo se cierra en banda y no fija mis intenciones ni los momentos de los que somos testigos.

IMG_9206 Una fuente con un rico caño de agua es nuestro punto de inflexión: son las dos de la tarde y si queremos regresar con algo de luz al punto de retorno es el momento de comer y pensar en volver. La primera intención es sentarnos en el barranco que hay al lado y por el que corre un riachuelo algo caudaloso, un lugar idílico, bubólico, pero el viento allí alcanza cotas casi de tifón tropical. Mejor al lado del caño y encima con agua fresquita de calidad, que jugando a ser cometa.

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La comida pasa de nuestras mochilas al buche en décimas de segundo, y es que tampoco se puede perder mucho más tiempo para que no se nos haga tarde. Foto de bandera, tras tres intentos frustrados con las exiguas pilas, y es la cámara de Ana la que toma el relevo para ello. Pero la aventura no acaba allí; no había bajado aún el último trozo de almuerzo al estómago, cuando un estruendo nos sobresalta. Una cabra montesa baja asustada y descontrolada ladera abajo y cruza la pista forestal hacia el profundo y empinado barranco a apenas diez metros de nosotros. Un gran macho montés, con su pelaje ya de invierno y una gran cornamenta hace lo mismo, mostrando todo su poderío en tan peligroso trayecto, haciendo precisos y estudiados quiebros a cuantos obstáculos se encuentra a su paso. Son décimas de segundo, pero suficientes para dejarnos petrificados. En otra situación, me hubiera ganado el premio a la foto de naturaleza 2009. Claro, teniendo pilas en la cámara y sabiendo que iban a pasar en ese preciso instante mis amigas caprinas.

Es el resorte que necesitábamos para ponernos de nuevo en marcha. Son las tres de la tarde y apenas tenemos tres horas de luz para conseguir nuestra meta. La vuelta se hace larga, con el viento como compañero, con otras cabras que aparecen y desaparecen antes nuestros ojos, y los últimos rayos de sol antes de que se oculten por las montañas. Salimos al cortafuegos que sube al Chullo y esto es como volver a casa, todo huele a familiar, cercano, conocido. Hemos sobrevivido a Fangorn, a sus habitantes, a sus arroyos, a su difusa luz, a sus paisajes, menos a su hambre de pilas de cámara de fotos.

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Desde la comodidad de mi asiento, limpio, cenado y caliente, rememoro los momentos vividos hoy, en un lugar para perderse. Volveré… pero con las pilas cargadas.

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Author: Motorizer
•martes, noviembre 03, 2009

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Los que a veces soñamos con viajar a sitios remotos, no sólo por la belleza de sus paisajes y montañas, sino por conocer otras culturas tan exóticas y lejanas a la vez, hay veces que tenemos suerte. A veces, no es necesario irse tantos kilómetros fuera de tu casa para percibir esa sensación. Conocíamos la existencia de un centro budista en Órgiva, y creímos que era una buena oportunidad acercarnos por allí desde Capileira.

En esta  ocasión, Sebastián y Carmen, junto a Maggie y conmigo, fueron los protagonistas de la aventura.  Eran las siete de la mañana cuando partíamos con las legañas aún en los ojos. La autovía se termina justo en el desvío de Albuñol, el cual tomamos bajo mis indicaciones, aún sin saber porqué lo hice. Curvas y más curvas hasta llegar a Trevélez, donde, sorteando cazadores que iban a comenzar una batida de jabalí, encontramos una mesa donde desayunar al fresquito mañanero. Por supuesto, fueron tostadas de jamón de la zona, faltaría más.

De Trevélez a Capileira se nos hizo largo, y una y otra vez me cagaba en las muelas propias por haber tomado ese “atajo” inconscientemente. Pero por fin estábamos allí, ya entrada la mañana, una mañana que prometía un día de escándalo: sol, buena temperatura, nada de viento, vamos más propio de la primavera que del otoño, un otoño atípico.

Busqué entre los turistas que había pululando por allí la oficina de turismo donde orientarme sobre el inicio de la ruta, y amablemente allí me dieron un mapa callejero de Capileira para salir correctamente hacia el sendero Sulayr. Ya nos pusimos en marcha, dejando atrás a los turistas de sandalias con calcetines y grandes teleobjetivos. Nos dirigimos al puente del Chistal, en una bajada entre castaños, álamos y helechos, alejándonos ya del ruido del pueblo.

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Una vez abajo, el fresquito del agua se agradecía, pero tomamos nota que la vuelta iba a ser por aquí. Sebas ya había metido el turbo en velocidad de crucero, y nosotros íbamos a su caza y captura, mientras Maggie iba y venía haciendo de cordón umbilical.

Pronto empezamos a subir y a ver a Capileira desde enfrente, todo un espectáculo de color y de luz, ese blanco contrastando con la roca y la vegetación.

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También el Mulhacén se hacía ver, como diciendo, aquí estoy yo.

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La senda comienza con una buena subida que va zigzagueando hacia las alturas, pero para Sebas esto parece el Paseo marítimo. A Carmen la vamos convenciendo de que ya queda poco y hacemos las pausas necesarias para ir reponiendo fuerzas a la vez que se disfruta del paisaje. Llegamos hasta un cortijo en ruinas donde cogemos manzanas silvestres junto a un vehículo que aún nos preguntamos cómo llego hasta allí.

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Las manzanas nos saben a gloria, sin pesticidas ni nada por estilo,  pero eso sí, concienzudamente examinadas para no encontrarnos habitantes dentro. Es hora de continuar, y ya sí, ya parece que Carmen puede respirar porque la cosa se suaviza a partir de aquí, llegando a un carril ancho, por donde los vehículos pueden pasar. Salimos del Sulayr en dirección al centro Budista y en la puerta de un cortijo le preguntamos a un simpático chavalín de sonrosados mofletes que nos dice que tras dos cruces, nos queda una “miajica”, y que cuando veamos un cartel que pone Centro Budista, que obviamente, ahí es.

Tenía razón el rapaz, y tras esa miajica, en la cual sorteamos arroyos que cruzan el camino, encontramos el citado cartel. Arriba se puede las construcciones que resaltan sobre el paisaje. Estamos en “Joselín” (como la conocen los alpujarreños). No llegamos a la hora de visita, con lo cual, sólo podemos oler las cercanías, es decir, la puerta y la estupa que recibe a los visitantes. Además, tenemos otro handicap, y es que no podríamos pasar con Maggie, pues no se permiten a los perros.

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Hay coches aparcados en la entrada, cosa que le quita el misticismo al lugar, pero aún así el silencio es sobrecogedor: tablillas de oración entre los árboles y  un tablón donde se da la bienvenida y nos informa sobre el contenido del lugar. Junto a la rueda de oración, custodiada por multitud de pequeños budas, la brisa juega con las campanillas y diversos objetos colgantes, creando una música de meditación, muy sugerente, que te  hace bajar la voz sin querer.

Hacemos dos turnos para visitar lo “visitable” mientras uno se queda con Maggie en la puerta.

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IMG_9083 Hay gente paseando por ahí, pero son también curiosos como nosotros, así que no los interrumpimos en su meditaciones, tal y como pensamos en un primer momento. Las vistas desde allí son apabullantes, viendo la costa, toda la Sierra de Lujar enfrente y la Contraviesa hacia el este.

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La tripa nos ruge como una salida de GP, así que nos olvidamos de tanta filosofía Zen, de mantras y comer hojas de loto, y procedemos a nuestros más primitivos instintos: devorar jugosa carne de cerdo y pescado que llevamos en las alforjas.  En una respetuosa distancia deglutimos tamaños manjares, acompañados de una deliciosa tortilla que hizo Carmen con cebolla y calabacín. El postre, un obsequio de Jesús: mantecados de Fondón.

Toca irse, porque queremos llegar a buena hora a Capileira. Al no ser circular, el regreso se hace un poco largo por el carril, y hasta que no  llegamos a la senda del Sulayr, llego a pensar que nos hemos equivocado de camino. Pero no es así. Puedo ver los paisajes que había tenido a mi espalda en la ida, y ahora se me muestran. Desde el Veleta hasta el Mulhacén, es un regalo para la vista.

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Sin darnos cuenta, ya estamos bajando hacia el río, y Capileria sigue ahí, cada vez más cerca. El Puente del Chistal está abarrotado de visitantes, algunos armados con enormes cuchillos de monte a juego con sus urbanas zapatillas, y es que eso de jugar a Jóvenes Castores en cuanto se abandona el asfalto es algo muy común. Nosotros pasamos como una exhalación, y buscamos un lugar donde recoger castañas. La naturaleza provee y  nosotros nos aprovechamos.

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Sebas se lleva castañas para hibernar una buena temporada, y a la llegada de unos mozos del pueblo, tras saludarlos comenzamos la última subida hasta el pueblo. Ya estamos allí, y nos merecemos un refrigerio. Pero primero hay que comprar alguno de los productos que tan sabiamente se hacen en el terreno: miel, paté de ciervo, y algún caprichito más se permite nuestro amigo y Sebas y Carmen. Ya en el bar, un vinillo del lugar y un tubito de cerveza fresquita, junto a unas tapas de jamón y de patatas con alioli nos sacian nuestro castigado cuerpo. Un final feliz para una ruta muy serena y disfrutona.

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Author: Fox Mulder
•domingo, octubre 25, 2009
El tiempo es una apisonadora que avanza implacable y no se detiene. Cuando me vengo a dar cuenta ya ha pasado más de una semana desde que hicieramos cumbre en uno de nuestros más cercanos tresmiles de Sierra Nevada: el Picón de Jérez. Una espina clavada, a decir verdad.

Después, entre tanto follón, encontrar un momento de inspiración para reflejar nuestras andanzas se hace bastante complicado... por encontrar el momento, y más por encontrar la inspiración. Pero vamos, que me niego a que esta ruta se pase por alto, y hay que subir al blog aunque sea la foto de bandera para que quede constancia de nuestro esfuerzo.
La noche del cambio de hora... un evento simple, ¿o no? Cualquier ser humano de mediana edad se ha enfrentado ya a esta situación en repetidas ocasiones, pero de las tres personas que fuimos a la ruta hay dos que necesitan repasar un poco los entresijos de este misterioso acontecimiento. Aunque dudo que pudiera afirmarse que un 66% de la población no sabe bien como manejar este asunto.

Para ser sinceros, yo me lío siempre con lo de adelantar o atrasar la hora... ¿qué significa adelantar? ¿Que la segunda hora de la madrugada se adelanta? ¿O es la tercera la que se adelanta? Pero entonces, ¿cuál es la que se atrasa? ¿Las dos o las tres? En realidad, el hecho de adelantar una hora implica retrasar otra, ¿o no? Total, que yo siempre me quedo con lo de "a las 3 son las 2", o "a las 2 son las 3", que es mucho más fácil de entender, en mi humilde opinión.

Después está el peculiar modo de referirse a la hora ya cambiada: la hora "buena". Por otro lado tenemos la hora "mala", la que nos trajo tantos follones el fin de semana pasado... ¡mala, mala, mala!

El caso es que no sé que espasmos neuronales provocaron que, teniendo plena constancia de que se cambiaba la hora, el despertador me sonara una hora antes, según la hora "buena". Por otro lado estaba Olga, que aunque parece tener claros los conceptos del cambio de hora, necesita algún repaso respecto a esa familiar pareja de caracteres que acompañan los dígitos de la hora en todo buen despertador: A.M. y P.M.; de no ser por mi llamada no se hubiera levantado de la cama, ya que el despertador estaba programado para unas 12 horas más tarde, lo que le hubiera supuesto un buen descanso, sin duda, pero incompatible con un sacrificado día en la montaña.

En definitiva, en un determinado momento (ni hora "buena", ni hora "mala", sino otra diferente), partimos de Canal Sur, Luigui, Olga, y yo, a meternos un buen tute de montaña entre pecho y espalda. He de reconocer que estaba de malos humos, y tantos kilómetros de coche por delante tampoco es que me ayudaran a levantar los ánimos. Pero bueno, tras el desayuno en el Montellano, y las primeras estampas de Sierra Nevada, la cosa iba tomando otro color.

Tras una pista infernal, digo... forestal, alcanzamos una pequeña zona de estacionamiento donde dejamos el coche. Estabamos a unos 3 kilómetros del refugio de Postero Alto, a unos 1.600 metros de altura, esto significaba que nos separaban unos 1.500 metros de desnivel entre el punto de partida y nuestro objetivo.

Después de unos 45 minutos de caminata pasamos el refugio de largo, y seguimos subiendo en pos de la entrada al cauce del Alhorí. Nos cruzamos con una simpática pareja de excursionistas que bajaba, y tras unas palabras de ánimo, nos comentan que ya habíamos pasado lo peor. La subida fue a buen ritmo, y el recorrido entretenido. Al tiempo alcanzamos las primeras vistas aéreas del Alhorí, con un buen caudal de agua, y el Picón de Jérez al fondo.

Entre el constante murmullo del río llegamos al circo del Alhorí, dejando el agua atrás, y con unos cuantos neveros por delante. Entonces comenzó el auténtico infierno: remontar ese pozo que es el circo del Alhorí hasta llegar a la cumbre del Picón. Me acordé de los excursionistas y me vino a la mente la imagen de una inmensa mano golpeando el morrillo de los optimistas montañeros fracturando su cuello (¿con que ya habíamos pasado lo peor, eh?). La pendiente era muy fuerte, y las energías estaban flaqueando, nos sobreviene una sensación de sueño, de cerrar los ojos y quedarnos dormidos. El sendero se escabulle de nuestros pies y nos encontramos andando sobre un aluvión de piedras que se deslizan hacia abajo, haciendo nuestros pasos prácticamente inútiles, y el avance lento.
Ya falta menos, hemos llegado casi a la cumbre y la pendiente se suaviza considerablemente, el GPS nos dice que estamos a 100 metros del objetivo, yo todavía no me lo puedo creer... no me lo quiero creer, remontar aquella pendiente y luego no encontrar el objetivo allí al lado se me antoja una noticia funesta, no quiero hacerme ilusiones. Finalmente, vemos como a cada paso, la línea del horizonte baja más y más, aceleramos el paso, ya está hecho, y vemos el hito que marca el Picón, ¿es ésto? ¿Seguro? Al fondo, Mulhacén y Alcazaba nos dan la bienvenida. Eran poco menos de las dos de la tarde, ibamos cumpliendo el horario a rajatabla. A pesar de todos los contratiempos, llegaríamos a Almería con tiempo para descansar, y lo más importante, con el objetivo cumplido.
Tras las fotos de rigor, y dado que allí era imposible pararse a comer debido al tremendo viento que soplaba del Oeste, pusimos pies en polvorosa para encontrar un lugar digno en el que reponer fuerzas. Emprendimos la vuelta pasando por otro tresmil, el Puntal de Juntillas, de 3.140 metros de altura. Sin problemas, una pequeña elevación sobre el terreno después de lo que llevamos ya en las piernas. Comienza el descenso, y podría decirse que caímos en picado: a las tres ya estabamos en las piedras de los ladrones dando buena cuenta de nuestros bocatas, y de un Valdepeñas cortesía de Olga, que entró como un tiro (de rápido, me refiero).

Dado que anochece antes, y el viento era "incómodo" (a pesar de estar a refugio de esas piedras, el viento soplaba por todos lados) no hubo tertulia de sobremesa y nos dejamos caer hacia el refugio de Postero Alto. Yo me puse el piloto automático, y como un autómata fui poniendo un pie detrás de otro hasta llegar al refugio, donde hicimos una breve parada antes de continuar hasta el coche. Echando la vista atrás, con las piedras de los ladrones recortadas sobre el horizonte, me parecía increíble que sólo hace dos horas hubieramos estado comiendo allí.

Bueno, y eso es todo... está visto que "to es ponerse"...
Author: Fox Mulder
•viernes, octubre 09, 2009
Otra escapada a tiro de piedra... ¿será por montañas aquí en Almería? Esta vez al Alfaro, ese pico en forma de Veleta en las estribaciones occidentales de Sierra Alhamilla.
Un día de escándalo en lo que a climatología se refiere, casi veraniego, lo que nos hacía pensar que tal vez pudieramos pasar bastante calor durante la subida. Y así fue. Y eso que retrasamos la salida sobre la hora prevista debido a un malentendido, y luego, pese a tener indicaciones precisas de como alcanzar el punto de salida, lo pasamos de largo dos veces antes de dar con él. Así que hasta las 5 y media pasadas no nos pusimos a andar.

El inicio de ruta era un "empinado sendero" según nuestras indicaciones, y sí, empinado era, pero sendero no se veía por ninguna parte. Y esa fue la tónica durante bastantes tramos del recorrido, sobre todo cuando a la vuelta se nos hizo de noche. En terrenos como éste, de piedras y tierra, y tan poco transitados, es difícil encontrar un sendero claro. Sólo los hitos, en forma de inestables torres de piedras, nos guiaban de forma precisa hasta la cumbre del Alfaro.

Jaime empezó como un huracán y al poco nos había sacado un buen trecho. La gente joven, que no necesita calentar ni cosas de esas. A mi, en cambio, me faltó el aire en más de una ocasión pese a llevar la mochila más ligera que nunca. Y a Olga, cuyas mejillas se tintaron en seguida con el rojo característico del Sol traicionero de media tarde, le derivaron los colores a morado intenso tras unas cuestas debido a la asfixia.

Tras unos cuantos sube-y-bajas de pendiente moderada nos encontramos ante un cuestón, de terreno inestable y resbaladizo, que daba acceso a la cresta final del Alfaro. Pensé que más complicado sería bajarlo, y menos mal que la luz natural, aún con el Sol ya escondido, nos alcanzó para bajar ese trecho del camino antes de colgarnos los frontales en la cabeza.
El último tramo fue lo más divertido de la ruta: una cresta con un abismo a la izquierda y una ligera pendiente descendente a la derecha. Lo que daba cierta seguridad ya que tener la gravedad en la misma dirección del abismo no hubiera sido plato de mi gusto, ni creo que del de ninguno de nosotros. Aquí el sendero desaparecía en largos tramos y era sustituído por lo que a mi se me antojó una enorme "rayuela" natural. Una secuencia de grandes piedras en las que el entretenimiento era encontrar la superficie plana sobre la que apoyar el pie antes de pasar a la siguiente piedra. Si vuelvo a hacer la ruta prometo ir marcando y numerando con tiza esas superficies planas para hacer el juego más entretenido.
Hicimos cumbre y tras las patéticas llamadas de rigor a las parejas aprovechando la cobertura, nos pusimos a cenar. Las vistas desde la cumbre eran espectaculares: al Norte la Sierra de Filabres, claramente visible el Calar Alto, y tímida tras unos cerros la Tetica de Bacares; al Sur la ciudad; al Este, la falda de Sierra Alhamilla con un verde espectacular; y, por último, al Oeste, el inmenso desierto de Tabernas y Sierra Nevada al fondo, con sus grandes picos, Mulhacén y Alcazaba, perfilados sobre el horizonte.
Tras la foto de bandera, y apretando el culo porque el Sol ya se había escondido tras Sierra Nevada, nos pusimos en marcha. Y lo de apretar el culo lo digo tanto en sentido de imprimir velocidad como por los resbalones que se fueron sucediendo durante la bajada, que nos obligaron a tensar glúteos para amortiguar las caídas. Primero en liarse a golpes contra el suelo fue Luigui, a continuación fuimos Jaime y yo los que dimos con nuestros huesos en tierra tras un mal apoyo, y por último, ya a pocos metros del final de la ruta, y de noche, fue Olga la que metió el pie en una grieta oculta bajo un seto y que apunto estuvo de hacer rápel sin cuerda.
Author: Motorizer
•lunes, octubre 05, 2009
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Como si de un depredador hambriento que llevara varios meses sin catar presa alguna, así me encontraba yo la semana pasada. Muchos meses han pasado para mí sin poder pisar la montaña, demasiados diría yo, y aunque ahora mis pies están pegándome cortes de manga cuando les recuerdo que ya estoy maquinando donde ir dentro de poco, puedo decir que la ruta de este sábado ha sido de las más gratificantes que he hecho en cuanto a alta montaña se refiere.

Todo comenzaba a las seis de la mañana, una hora prudente si tenemos en cuenta que teníamos que ir hasta la Hoya de la Mora, nuestro punto de partida. Allí nos encontrábamos Jesús, Manolo (después de un año sabático), Pablo y un servidor, dispuestos a comernos lo que hiciera falta (bocadillos, frutos secos y tarta de queso del Tío Resti incluida).

Jesus Manolo

Pablo Luigui

Desayunamos donde siempre, pero esta vez el camarero nos demostró su curso estival de tauromaquia, puesto que soltó su estoque con maestría a la hora de cobrarnos el exiguo desayuno de tostadas de jamón con Colacao. En el bar vimos que había una feria del queso en Granada, e ilusos de nosotros nos comprometimos a ir si llegábamos con buen tiempo al regreso.

Si hay que destacar algo de esta ruta es el sube y baja constante que existe a lo largo de toda ella. Caminos que parecen imposibles desde la lejanía pero que cuando te vas acercando, compruebas que puedes subirlos, ahora bien, prepara los gemelos y respira hondo.

Monumento a la esquiadoraDespués de subir por la pista dirección al Veleta, nuestro GPS nos indicaba que debíamos abandonarla para bajar al valle por la zona del campanario, buscando por donde subir hasta llegar a la cresta de los Tajos del Campanario, donde se ubica un monumento a una esquiadora fallecida. De ahí partía el inicio del Veredón Inferior, hacia el Corral del Veleta, en una bajada por un desfiladero que ya hacía asomar el topo en algunos tramos.

Tajos del CampanarioDe frente teníamos Veta Grande, que a simple vista parecía una fortaleza inexpugnable para nuestras botas. Pero se intuía una senda en un frenético zigzag por donde subir, eso sí, con una inclinación de no te menees. Pero todo fue ponerse y subir poco a poco, mientras cada uno iba con sus pensamientos más íntimos.

Subida Veta Grande Una vez en el Collado de Veta Grande, comprobamos que debíamos volver a bajar al valle del corral de Valdeinfiernos, para luego seguir por enfrente en otra mortal subida. Pero ya se podía divisar nuestro objetivo: La Laguna Larga. Quedaba tela marinera.

Laguna_Larga_Pano_010 De nuevo vuelta a bajar y vuelta a subir, esta vez con un poco más de exposición y atravesando un sendero entre lascas, el cual se iba haciendo algo largo, pero de pronto, voilá, apareció una laguna de la nada, ya sabíamos que nos quedaba poco, y efectivamente, al llegar a un otero, allí estaba, abajo, espectacular y preciosa, un regalo para los ojos, la Laguna Larga. Eran las tres de la tarde y las tripas estaban que parecían un motor de un Boeing 747.

Laguna_Larga_Pano_024Tras comer, teníamos que ponernos en marcha y estuvimos estudiando por donde hacerlo, ya que un montañero con el que nos cruzamos, tomó nuestro camino de ida para luego desviarse a su izquierda. En una de mis exploraciones mientras el resto descansaba, divisé una senda que ascendía vertiginosamente hacía la arista de los Crestones de Río Seco, con una inclinación que era nuestro postre para hacer la digestión. Y por ahí tomamos. Empezamos a subir, y a subir, y a subir, y al llegar a un collado, pudimos comprobar que aún teníamos que bordear un pequeño precipicio con el que Jesús no contaba y al que le costó proseguir. Pero al cabo de un rato y de una pequeña trepada salimos a la pista de la cara sur. Lo peor había pasado.

Laguna_Larga_Pano_029 Sólo quedaba un escollo: el famoso paso de los Guías. Jesús estaba ya que le daba igual ocho que ochenta, así que para él fue como un mero trámite.

Paso de los guías

A partir de ahí, desde el refugio de la Carihuela ya todo fue cuesta abajo, coser y cantar, aunque las rodillas estaban muy resentidas, los pies ardiendo y las ganas de llegar al coche, antes de que se fuera la luz, desesperadas. Por fin llegamos y tras una intensa pateada de más de 20 kilómetros, regresamos a casa.

Author: Fox Mulder
•jueves, octubre 01, 2009
O dicho de otra manera, ¿cómo es esto de escaparse a la montaña entre semana?

Pues sumamos de un lado las ganas de Luigui de escaparse al campo después de unos intensivos meses de estudio, con las ganas de hacer algo diferente que tenía yo. A más gente le pareció una buena idea, pero como siempre, al final quedamos los mismos.
Todavía estaba picando código a las tres de la tarde con esa soga en forma de corbata anudada al cuello, aunque floja por eso de respirar y tal (desobedeciendo de manera flagrante las directivas de mi empresa acerca de la indumentaria) y a las cuatro habíamos quedado en Canal Sur. El reto de ser puntual por n-ésima vez consecutiva estaba flaqueando, y yo no quería darle el gusto a JM (como aquella vez que llegué tarde con Olga) de que me viera sufrir sus miradas reprobatorias.

Tenía que llegar a casa, comer, arreglarme, preparar los bártulos, y salir para el Canal Sur, donde aparecí con un retraso de cinco minutos. Allí estaba Luigui, que esperaba con paciencia, y que me puso al corriente de que nos habíamos quedado solos ante el peligro. Pues nada, arreando que es gerundio.

Esta vez era yo el encargado de llevar el peso de la expedición: Luigui, neófito en esto del pateo en la montaña, y en las cimas más emblemáticas de la provincia, se mostró muy interesado en todo momento en los comentarios que iba realizando al paso de las diferentes cadenas montañosas de camino al puerto de La Ragua: "Mira, Luigui, aquí tienes Sierra Alhamilla", "¿Ves aquel pico con un extraño edificio blanco en la cumbre? Se trata de Calar Alto, y esta es la Sierra de Filabres", "¿Ves allí a la izquierda? Comienzan las estribaciones de Sierra Nevada...", en este punto interrumpido inocentemente por Luigui, que sorprendido, creía que Sierra Nevada estaba en Sevilla y pertenecía a Andalucía, quedando por tanto fuera de nuestra provincia... le correjí con paciencia:
-En absoluto, de hecho el pico que vamos a visitar, el Chullo, pertenece a la Sierra Nevada almeriense...
-¿Cómo? ¿Chu-qué?
-Chu-llo.

Gilipolleces aparte, llegamos a un solitario puerto de La Ragua antes de las cinco y media de la tarde. Fue bajar del coche y ponernos a andar. La temperatura a aquella altura era muy agradable, y apenas soplaba una ligera brisa, pero conforme ibamos avanzando hacia la cima del Chullo la temperatura bajaba al mismo ritmo que brisa se transformaba en vientos, y además, bastante fuertes. A ésto hay que sumar la niebla que nos rodeó durante la mayor parte del recorrido, y que empapaba nuestras ropas casi como si nos estuviera cayendo encima un aguacero.

La visibilidad era limitada y daba a la sierra un aspecto fantasmagórico. El último tramo se hizo un poco largo y pegamos un pequeño acelerón para quitárnoslo de encima. En hora y media estabamos en la cumbre, y dado que allí la sensación térmica era de bajo cero, y los vientos insoportables, cumplimos con el ritual de la foto de bandera y bajamos cagando leches.

Nos detuvimos en el refugio para tomarnos un pequeño bocata antes de continuar la marcha, y sobre las ocho menos diez pusimos ya el turbo cuesta abajo poniendo a prueba nuestras articulaciones, que respondieron bien pese a llevar ya la tela de años sujetando nuestras respectivas cabezas.

Al poco de salir se hizo de noche, y los últimos tramos del recorrido los realizamos con la ayuda de frontales. Y sin más sobresaltos llegamos al coche. Allí no hubo foto de meta porque las baterías de las cámaras se habían agotado en la cima. Así que tras unos breves ejercicios de estiramiento, pusimos un poco de música, un CD recopilatorio con 17 temas, que acabó al tiempo que llegabamos a Almería.
Author: Fox Mulder
•sábado, septiembre 12, 2009
Si no me falla la memoria es la segunda vez que atacamos el Chullo de noche. El planning era ver la puesta de Sol desde su cima, cenar, y bajar siguiendo la estela de la Vía Lactea. Pero las previsiones meteorológicas no fallaron, y durante la mayor parte del recorrido tuvimos un espeso techo de nubes que ocultaban la cúpula celeste, y el Sol no apareció ni para dar las buenas tardes.

Salimos de Almería Antonio, Olga, Marc, Sandra, Mariquilla, y yo. En Ferreira se nos unió Miguel, que venía de hacer 90 kilómetros en bici para calentar. La Vuelta había pasado por aquellos caminos unas cuatro horas antes, pero no vimos ni rastro de ciclistas.
La ruta, además, supuso el estreno oficial de las camisetas AFP 2009, las camisetas de montaña más jevis de cuantas se han hecho hasta el momento.

Empezamos a andar y el ritmo fue muy fuerte desde el principio. No paramos prácticamente hasta llegar al refugio, aunque Marc y Mariquilla siguieron hasta la cumbre del tirón. La luz se iba y unas nubes bajas amenazaban con cerrar completamente nuestro campo de visión, además, la temperatura había bajado considerablemente. Así que pusimos el turbo para hacer cumbre lo antes posible, foto de bandera, y bajamos de nuevo al refugio a cenar.
La cena fue digna del mejor restaurante. Con los frontales a modo de farolillos, y un círculo de piedras alrededor del centro del refugio a modo de sillas, dispusimos los alimentos que cada uno llevaba con el propósito de no dejar nada para la vuelta. La tortilla de Olga y Antonio duró poco, pero los pasteles morunos de Sandra y Marc fueron visto y no visto. Y, por último, el termo con té pakistaní calentito fue el cierre perfecto de una cena de marqueses. Si seguimos a este ritmo veremos a ver si en vez de grupo de montaña nos vamos a convertir en un grupo gastronómico.
Hubo sobremesa con sesión de chistes, pero la niebla venía cada vez más cerca desde el sur así que tuvimos que recoger y dejar el calorcito del refugio. El impacto al salir a la interperie fue horroroso: hacía un frío insoportable, y no paré de tiritar hasta bien andados unos cuantos centenares de metros colina abajo. La noche era completamente cerrada debido a las nubes (tampoco la Luna se dignó a saludar en ningún momento) y el camino se hizo un poco monótono durante la bajada.

No vimos animales de vuelta pero sí nos topamos con un par de arañas, fáciles de encontrar pues sus ojos brillaban en la oscuridad, y el innombrable insecto trepanador de cerebros, que estaba ahí, como siempre, expectante, vigilante, amenazador, altivo, que volvió a mirarme de soslayo y me dijo: "¡Andaaaaaa! ¡Tira! ¡Tira!" -perdonándome la vida una vez más.