Author: Motorizer
•lunes, mayo 09, 2011
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¿Cómo iniciar esta crónica? Pues como casi siempre que tengo un rato libre: sentándome relajadamente enfrente de la pantalla del ordenador, con música ambiental y haciendo un esquema mental donde organizar todas las experiencias. Y la verdad es que hay mucho que contar. Aún con la resaca de un fin de semana inolvidable se hace necesario plasmar todo lo acontecido.IMG_6119

Nuestro reto de este año era volver al Corredor de los Machos, un lugar algo especial para este humilde juntaletras aficionado, ya que el año anterior mi primer contacto vino acompañado con una cierta “vicisitud”, y como en muchas cosas de la vida, hace que un hombre deba volver a plantearse afrontar nuestras más impactantes vivencias y saldarlas con honor y categoría.

Pero sin querer centrar esta crónica en mi persona, procedo a relatar lo que un grupo de osados montañeros consiguieron hacer, no sin alguna penuria pero con suficiente arrojo como para comérsela con papas, chopped y fideos chinos cocinados en un maravilloso infiernillo.

Tras unas semanas de dimes y diretes, de voy o no voy, de hay que practicar antes o no, teníamos configurados el tándem definitivo: Miguel y su furgona, que se dejaba caer desde la vecina Jaén para Granada, tras asistir a un evento de parapente; José Gabriel y su inseparable “Juan Robles”; Tote y el Cuñaísimo, Jose, nuevo en nuestras lides, pero no en otras más peligrosas; Sera, el gran maestro Jedi del alpinismo; Jorge, el incombustible coleccionista de salvajes aventuras, y en último lugar, un servidor.

Salvo los dos primeros, Miguel y Jose Gabriel, el resto quedamos donde siempre, en Canal Sur, estando casi puntuales a la hora convenida, media tarde. Nuestra intención era llegar a una hora relativamente prudente al Albergue Universitario, para aposentarnos, esperar a nuestros compañeros y cenar antes de irnos a la cama temprano. Como es lógico, estos planes siempre tienen algunas variaciones inevitables.

Arrancamos motores, dividiéndonos en dos vehículos y dirigiéndonos hacia Granada. En esta ciudad había que hacer una parada técnica: Jorge quería hacer unas compras, como el Pretty Man del alpinismo que es. Y a Sprinter que nos fuimos. Buscaba un par de zapatillas de correr, vamos unos tenis de toda la vida que decimos en Almería. Como es algo que no es para pensárselo a la ligera se probó todos los pares que había en la tienda, hasta los de mujer y niño, daba igual que no le estuvieran bien. Era como el cuento de la Cenicienta pero al revés, el príncipe en este caso lo que buscaba era su zapatito de cristal. Y al final encontró no un par, sino dos (esas agresivas ofertas de segundo par al cincuenta por ciento surte efecto). Cuando por fin vimos que había pasado la tarjeta, rápidamente maniobramos protegiendo sus flancos para que no hubiera arrepentimiento, y como guardaespaldas de algún potentado banquero, salimos pitando del recinto escoltándolo hasta el coche, que no quedara ni un resquicio de duda o indecisión.

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La Sierra al fondo estaba envuelta en una nube muy fea, pero fea fea, de las de difícil mirar. Así que sabíamos que allí arriba la cosa no estaba muy fina, al contrario que en la ciudad, donde el calor apretaba de lo lindo. Y así lo fuimos comprobando conforme tomábamos altura: la temperatura comenzaba a disminuir hasta los dramáticos 4 grados, y llegando a nuestro destino, la niebla nos envolvía. Y claro, bajamos muy chulitos de los coches, con nuestras mangas cortas. Nunca he visto a nadie que se ponga algo de abrigo tan rápido como lo hicimos nosotros, y eso que teníamos la ropa en la mochila/maletas ¿Puede ser que atravesemos los tejidos sin abrir las cremalleras? Esa tarde pensamos que sí.

Tomamos posesión de nuestra habitación tras confirmar los datos de la reserva y de que nos entregaran “La Llave”, o mejor dicho, esa peculiar abrecancela amarrada a un bloque de hierro macizo que entre dos tuvimos que subirlo a la habitación. Nuestras literas corridas forman tres pisos. La de arriba se la queremos sortear, o bien a los que presumen de escaladores experimentados o a los que quieren cenar opíparamente unas fabes al infiernillo.

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Es un lujo tener el salón casi para nosotros solos, con la chimenea encendida, la televisión de pago a la carta y el mando a distancia para elegir lo que más nos apetezca y que por democracia unánime se queda en ver películas de estreno. Pero la perfección es absoluta cuando el encargado nos dice que antes de preparar la cena para el resto de huéspedes, nos abre el bar para que bebamos o comamos lo que le pidamos. Obedientes, le pedimos unas cervezas que sentados cómodamente y acompañadas de unas patatas fritas, son el mayor delicatessen que uno pueda pedirse; no necesitamos más.

A esas alturas ya habíamos contactado con Miguel, que venía en su furgoneta, donde dormiría, y con Jose G., que a trote de su Juan Robles se aproximaba hacia nuestro punto de encuentro. Y lo hizo, justo cuando la niebla iba desapareciendo, con lo cual, ya no supimos si ésta lo hizo porque el J.R. la desintegró a su paso, o porque era lo natural que tocaba en ese momento. El atardecer, espectacular, para estar echando fotos hasta que se te disloque el dedo.

Sacamos a la intemperie, una vez instalado el sexto componente de los que íbamos a dormir allí, las vituallas para darnos una cena que nos diera fuerzas en la vigilia que nos iba a tocar hacer, porque lo que se dice horas de sueño iban a ser escasas. Lo infiernillos funcionaron de manera desigual, consiguiendo los dos Joses unas maravillosas sopas, mientras yo me peleaba por conseguir unos decentes tallarines a la carbonara. Fue la primera vez que probé la sopa de tallarines.

Entre meneo y meneo de sopa, llegó Miguel y se agregó a nuestra tertulia manduca. En verdad no éramos aún conscientes que nos quedaban pocas horas para las cuatro de la madrugada, así que el irnos a la cama se nos hizo difícil, pero por fin conseguimos cerrar los ojos. Nos esperaba un gran día.

Amanece. Bueno, mejor dicho, suena el despertador a las cuatro de la mañana y está todo muy oscuro. Crees que es una broma de mal gusto, pero no, irremisiblemente no puedes remolonear en la cama y hay que tocar diana al resto de compañeros. Somos espectros que lentamente nos vestimos, vamos al baño e intentamos hablar en voz baja y no hacer ruido, cosa a veces difícil. Y llega la decisión ¿qué me pongo? Seguro que fuera hace un frío que congela hasta a los cubitos, así que hay que echar toda la artillería.

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Fuera tampoco hace tanto frío y conforme empecemos a andar nos va a ir sobrando ropa. Miguel está ya listo y espera pacientemente a que vayamos bajando al vestíbulo del Albergue. Lo llevamos todo, así que, “to tiezo pa’rriba”.

Es de noche, y eso produce una sensación placentera: no hay viento, hace frío pero se está muy bien y Granada tiene su traje de noche, con sus luces allí a lo lejos. Aún no hemos tocado nieve, pasamos por la imagen de la Virgen que sirve de pórtico de entrada a la aventura. No hay marcha atrás. El silencio se ve roto con el familiar y deseado crujir de la nieve sobre nuestras pesadas botas. Vamos charlando, pero a veces callados, porque son momentos para disfrutar, aún queda para el amanecer y nuestros frontales son la única guía que tenemos. Yo creo que es unánime la sensación de libertad, de sosiego y de placer entre todos los que estamos allí. Incluso Jorge se limita a llevar su  frontal y no sacar la espada láser.

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No tiene mucha complicación e historia llegar hasta las Posiciones del Veleta, ni tampoco mucho que contar. Vamos subiendo hasta ese punto, a veces con algunos montañeros, que como nosotros, han madrugado, buscando, tal vez, otros destinos distintos al nuestro, o el mismo, quien sabe. Lo comprobaremos cuando estemos allí.

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El sol ya ha hecho acto de presencia, creando un ambiente mágico, onírico y llenando de vida el mundo. Sus primigenios y tímidos rayos nos calientan y animan a seguir y cuando comienza a tomar protagonismo, llegamos a las Posiciones. Toca esperar, ya que otros han llegado antes y están montando el tinglado para bajar. Mientras, aunque con frío, nuestros ojos se posan en el maravilloso Corral del Veleta, en la cantidad de nieve, pero también en los vestigios de los grandes aludes que se han producido, y eso nos hace tomar conciencia de dónde nos vamos a meter. El Cerro de los Machos, y su corredor, a mí personalmente me vigila, y yo a él, no nos quitamos ojo, como en esos duelos a media tarde en el Lejano Oeste. Toca estudiar todos sus movimientos y no dar ningún paso en falso que lo ponga en ventaja.

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Les cedemos el turno a tres que van a hacer el canuto del Veleta, cosa que nos agradecen pero que nos aconsejan no volver a hacerlo, y por fin, nos llega el gran momento. Uno de los puntos clave del día. Sera lleva ya un rato frotándose las manos, y no precisamente por el pelete que pega a esas horas y en ese sitio. Se encarga de montar todo el tinglado y como en la carnicería se va pidiendo la vez. Tote hace de avanzadilla para ser el punto de apoyo en la base del rápel. Llega al suelo no sin antes sufrir algún que otro contratiempo con la cuerda pero que gracias a su experiencia logra solventar holgadamente.

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El siguiente en la lista es Jorge, que cámara en casco se dispone a estrenar en estas lides. Bajo la atenta mirada de Sera y dándole éste claras y precisas instrucciones baja. Los minutos pasan eternamente, pero por fin escuchamos por el walkie que se ha reunido con Tote. La colectiva respiración contenida explota y un gran júbilo y regocijo se palpa. Houston es una fiesta estruendosa. Le siguen Jose G., Jose el cuñaísimo y Miguel, que  bajan sin problemas.

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Me toca a mí, mientras, otro grupo de tres ha rapelado usando un parabolt a nuestra derecha, y le enviamos la cuerda. Ellos también van al canuto del Veleta. Bajo pegando saltitos y con gran velocidad, pero pronto mentalmente me digo que no me emocione mucho, que no pertenezco a los Hombres de Harrelson y que son muchos metros los que quedan. El brazo se carga y entran ganas de pisar terreno más estable. Toca sortear una grieta de nieve muy fea pero con un pequeño salto más arriba se queda. Me reúno con Tote.

Sera se merienda el rápel y bajamos los tres a reunirnos con el resto. Si arriba nos estábamos quedando pajaritos ahora sobra ropa. No hay viento y el corral hace de olla, cociéndonos poco a poco. Nos colocamos en un buen sitio para desayunar lo que nos habían preparado en el Albergue y nos disponemos a salir dirección al inicio del corredor. Tenemos que tirar casi de Sera porque el canuto del Veleta le atrapa con cantos de sirena, allí tan blanco, tan majestuoso, tan imponente, pero tan vertical… el año que viene le damos candela.

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Ahora toca ir tranquilos, pero no tanto, la nieve comienza a ablandarse con el aumento de la temperatura y la presencia de restos de aludes nos obliga a apretar esfínteres y no entretenernos. Hay grandes bloques de nieve, así que mejor pasar rápido.

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Con un pequeño pero apretado destrepe en nieve nos asentamos en la base del corredor. Aquí ya la nieve no nos gusta nada, muy húmeda y se deshace con facilidad. Tenemos que hundir pies y piolets hasta el fondo para afianzarnos lo mejor posible, aunque siempre dentro de la precariedad.

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Sera va enchufado, seguido de Miguel, Jose, Jorge, Tote y Jose G. Yo cierro el grupo.

Ha llegado el momento. Me mentalizo a que esto no va a ser igual que el año pasado, me tranquilizo, pero la tensión la llevo muy latente. Sé que necesito estar concentrado, esto es entre el corredor y yo, entre la nieve y la montaña y un insignificante hombre. Tengo muchas cosas presentes, y eso me hace que por cada movimiento que hago, tres los tengo bien sujetos. No suelto uno hasta tener los otros agarrados. Y así avanzo, metro a metro, segundo a segundo, pioletazo a pioletazo. Cada patada con los crampones a la nieve incrusta mis pies lo más adentro en ella y me aleja de mis “vicisitudes”. No tiene muy buena pinta el corredor, es un caos de nieve heterogénea, con bloques y descompuesta en muchos sitios, pesada en otros y dura en las umbrías. Sigo metiendo mi piolet en las entrañas de la Bestia, es una batalla entre un minúsculo David y un blanco e imponente Goliath.

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Comienzan a caer pequeñas cantidades de escorias de nieve, buscando el valle. Nos protegemos. Sé que esta vez no me toca, todo lo contrario, tengo que subir y llegar hasta al final, y lo consigo. Podemos sortear todas las dificultades y por fin celebramos la salida de este particular infierno. Ahí quedan mis fantasmas más amargos, alejados a golpe de piolet y de patadas con más alma que fuerza. Las botas se me han aflojado del ajetreo que les hecho pasar.

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El premio nos espera: unas vistas increíbles de todo lo que nos rodea, platos de lujo con el mantel más blanco que uno pueda desear. En el grupo es todo euforia y celebración. Jose va un poco tocado pero aguanta el tirón. Sera, que ha perdido los guantes, y Jose G. ya están viendo por dónde tira la Fidel Fierro por si eso de que hagamos el año que viene el Corral del Veleta, vamos a ver. Don Erre que Erre es un hippie pasota de la Cala de San Pedro al lado de ellos. Tendremos que contentarlos algún día por supuesto.

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Disfrutamos de un merecido descanso, pero sin demorarnos mucho. Hacemos fotos, grabamos en vídeo, tomamos algo de aliento, otros desbeben, pero descartamos hacer el cerro de los Machos, pues supondría una ida y vuelta y el consiguiente retraso. Así que toca otra de las fases delicadas del día: la travesía por el Paso de los Machos.

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Hace mucho calor, el sol da de lleno y el estado de la nieve empeora a ojos vista. Mientras la travesía es horizontal no existe mucho problema y pasamos bajo el Zacatín y el Salón paseando. Pero a la altura del Veleta la cosa comienza a cambiar. Las cornisas de arriba no son una visión muy apetecible precisamente, sobre todo porque pueden desmoronarse en cualquier momento, así que apretando que es gerundio.

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Cuando miramos hacia abajo vemos que cualquier fallo puede suponer caer muchos metros, y en algunos tramos a lugares que no nos gustan ni un pelo y de consecuencias fatales. Así que, de nuevo concentración, medir los movimientos milimétricamente y no pensar en otra cosa que en lo que estás haciendo. Tote sufre un desafortunado resbalón que le deja un recuerdo en forma de labios reventados que sólo queda en un susto (y que luego parecería el hermano pequeño de Carmen de Mairena). Jorge y yo esperamos a que se recupere y proseguimos. La fila se alarga y vamos desfilando lenta pero continuamente. Es ahora cuando piensas que por qué estás allí, cuando podrías encontrarte en cualquier lugar mucho más cómodo y seguro. Vale, de acuerdo, pero después no tendría esa satisfacción interior que provoca enfrentarte con tus límites.

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La gran cornisa de nieve quiere abalanzarse contra nosotros, y es cierto que cuando te paras, en el tenso silencio pueden oírse sus crujidos y sus lamentos. Últimos metros, y ya estamos a salvo. A esas alturas yo ya tengo la cabeza para explotar. Son muchas horas al sol y tenemos hambre y cansancio. Hemos coincidido con el grupo que rapelaron a nuestro lado, entre ellos, como no podría ser menos un personaje peculiar: montañero curtido a su estilo particular, que como el Tío de la Vara cruza vasares imposibles a golpe de energía madura y sabia. Con su cámara inmortaliza los grandes escenarios de Sierra Nevada, su fauna y sus singularidades. Como le han dado cuerda, mientras nosotros alimentamos el buche, es nuestra emisora de historias montañeras. Bellas historias con vacas, lagunas y neveros, que a varazo limpio ha surcado y con su particular cámara analógica ha guardado (aunque luego en la tienda le velaran los carretes en más de una ocasión).

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El refugio de la Carihuela se encuentra aún sepultado con una entrada excavada que para lo único que ha servido es para que los cerdos dejen allí sus pertenencias. Por nuestra boca no salen las maldiciones que por dentro pensamos, ya que estamos comiendo y somos de buena familia. Pero todos coincidimos que haríamos con los dueños de esos detritus, y precisamente muy bien parados no saldrían.

Se hace tarde, pero por suerte toca un largo y cansino paseo, sin mayor dificultad hacia los coches, y acompañados por nuestro nuevo amigo durante un buen tramo iniciamos el regreso. Ya vamos cansados, y poco a poco nos vamos despojando de todo el cacharrerío que llevamos encima. El sol aprieta ya de más, te dan ganas de decirle algo. Algunos suben hacia el Veleta, unos bien preparados y otros buscando alocadamente unas quemaduras de primer grado en su orondas barrigotas que lucen orgullosos ante la letal radiación ultravioleta de estas altitudes. Todo sea por presumir el lunes de “no me toques la espalda que me he quemado”. Las imprudencias de la montaña, oiga.

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Casi ningún esquiador, podemos decir que la sierra es nuestra, y si no fuera por los remontes, sería una gozada. Aunque parezca mentira, empezamos a pensar que estamos hasta el gorro de nieve, pues vamos a paso de elfo/orco (pisas casi sin rozar la nieve en un paso, y te hundes hasta las ingles en el siguiente). El primer contacto con el asfalto duro ya supone una delicia para nosotros, quién nos lo iba a decir. La lengua pide a gritos ser refrescada, y en nuestros pensamientos se transfiguran todo tipo de botellas rezumando fresca humedad, y conteniendo distintas fermentaciones hidratantes.

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La Hoya de la Mora hierve a medio gas, nada que ver a hace unas semanas, pero aún así, tiene muchos visitantes de distinto pelaje, pero predominando las familias, que algunas se asustan al ver a los astronautas que no saben muy bien de dónde hemos salido.

Los coches, allí siguen, para que hagamos el strip tease alpino con el que ponernos, con menos gracia que un chiste contado por Calamardo, ropa limpia y fresquita y quitarnos esas botas que ya nos están cociendo los pinreles, saliendo de ellas mejillones al vapor recién hechos.

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Y por supuesto, a sentarnos a disfrutar de unas merecidas bebidas fresquitas, con vistas al Veleta. Desde esa perspectiva, cualquiera diría que nos hemos tirado 12 horas dándole a la bota. Al final, ha resultado bien la operación. Algunos nos hemos vuelto a enfrentar con nuestras “vicisitudes”, otros ha conocido al monstruo, otros han apuntado una más en su palmarés, pero al final, todos hemos sido protagonistas de esta película que por lo menos, tiene asegurado el Oscar a los mejores escenarios: Sierra Nevada.

Author: Fox Mulder
•jueves, marzo 10, 2011
Estimados compañeros y compañeras:

Después de una ardua tarea de investigación; consultar con las eminencias y más altas instancias en la materia: organizaciones, instituciones, y universidades; y entrevistar a los egiptólogos más prestigiosos de todo el mundo mundial, hemos finalizado el diseño de la camiseta del grupo para este 2011. El renderizado de la imagen, que mantuvo cuatro mainframes de cuádruple núcleo trabajando al 110% durante una semana, ha sido realizado utilizando las herramientas más avanzadas del mercado. Sobre el diseño, cuyo boceto ha sido distribuido en versión Beta a las mejores publicaciones sobre egiptología, hemos recabado las siguientes opiniones:

National Geographic: “Outstanding, atonishing, fantastiquing, ...”

Le Egyptian: “¡Magnifique! Oh, la la...”

Ancient Civilizations: “Absolutely elderly...”

Incluso Cristian Jacq nos ha pedido permiso para utilizar la ilustración como portada para su próximo libro, “El Senderismo en el Antiguo Egipto”, y quedó bastante impactado con el diseño hasta el punto de pedirnos una camiseta para su hamster Ramses XXIV.

Sin más, aquí tenéis el diseño, que será estampado en una camiseta técnica de trenzado fino, de color negro, y por supuesto, con el logo del grupo a la espalda. Su precio: 10 leuros.
Author: Motorizer
•domingo, enero 23, 2011
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Día 1.

“De cómo unos aguerridos montañeros pasaron un fin de semana en Sierra Nevada aprendiendo nuevos menesteres en la sabia y honorable ciencia del uso de la ascensión de cumbres”.

Sana y divertida alternativa para no caer en el tedio y de paso afianzar conocimientos sobre este nuestro medio favorito. Hacía tiempo que habíamos propuesto tener la costumbre de por lo menos una vez al año hacer algunas jornadas donde repasar y practicar distintas técnicas para desenvolvernos lo mejor posible en terrenos complicados.

La nieve es nuestra amiga de juegos, pero no es una amiga fácil, y a veces puede ser traicionera, como ese compañero de cartas que es capaz de mirar por encima de tu hombro y ver qué mano llevas. Y no se puede permitir que nos gane haciendo trampas o mejor dicho, siendo descuidado.

Lo principal fue reunir a un montón de buena gente, dispuestos a pasar dos días oyendo las instrucciones de Sera y un servidor acerca de multitud de conceptos, materiales, técnicas, etc, etc… Y así conseguimos engañar a unos cuantos: Piedad, Isa, Jose Gabriel, alias “No sin mi bici”, Jesús, Jorge “Calleja” y Jose, alias “el del Corte Ingléh”. Salvo los dos últimos que vendrían más tarde, el resto nos encaminamos hacia Granada con un madrugón de esos de campeonato, tremendo, de cuando no están puestas las calles aún, y la gente vuelve de marcha.

Teníamos pensado dormir en la Zubia, ya que otro alojamiento más cercano se hacía prohibitivo. En el camino paramos a desayunar y coger fuerzas para lo que se nos avecinaba. No paran de subir coches con los esquís en la baca, pero por ahora el chorreo es asumible. Llegamos a buena hora, justo antes de que comenzaran a llegar los colectivos familiares cuyo objeto de ocio es un gran plástico que suele atraer los abismos, junto a un mosaico de moratones de recuerdo.

Era obligado llevar también toda la cacharrería propia de las actividades invernales, y ahí estamos el grupete, con sus cascos, sus arneses, sus crampones y sus piolets en la Hoya de la Mora. Buscamos la bajada hacia una zona por detrás de los Peñones de San Francisco para encontrar un sitio donde instalarnos y poner todo el tinglado. Hay mucha nieve, y el día es espectacular.

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Sera, atraído por el canto de sirena de la proximidad de la Cascada de los Militares nos va llevando a sus cercanías y a apenas 50 metros de ellas empezamos a sacar cuerda y demás historias. Nunca he visto a alguien que fuera capaz de estar explicando las técnicas de autodetención mirando con uno de los ojos a los pupilos y con del otro diseccionara cada una de las grietas del hielo de la cascada. Bueno sí, a Fernando Trueba sí que lo veo capaz.

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La cosa empieza a animarse, probando las distintas posiciones de caída a modo de un kamasutra alpino. Unos montañeros con los coincidimos vienen buscando un crampón que se le ha caído a uno de ellos, pero por ahora no tienen suerte. Han estado repasando por distintos itinerarios a ver si lo encontraban; los resultados son negativos.

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Nosotros seguimos explicando cómo coger el piolet, progresas en la nieve, hacer rápel con la cesta y con el ocho, vamos, lo típico que cualquier manual  y monitor cualificado puede ilustrarnos. No somos expertos, por supuesto, pero intentamos poner toda nuestra mejor voluntad y nuestro conocimientos en enseñar lo más básico, dejando claro que cualquier curso oficial siempre será imprescindible y nuestras “enseñanzas” nunca podrán sustituirlo.

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Es la hora de la comida y cada uno saca sus provisiones. Y claro, Jose no puede dejarlo estar y traer un común bocadillo envuelto en papel de aluminio. Su logística va más allá, y como todo un superviviente, curtido en los más extremos hábitats del planeta, despliega un conglomerado de utensilios, como un hornillo, su plato, sus cubiertos… y su lata de cocido, que pese a las gélidas temperaturas consigue calentar. Sus tripas agradecen ese gesto bajo nuestra atenta y envidiosa mirada.

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Sera sigue con su vista fija en el hielo, y de repente pega un felino salto en el aire, con doble tirabuzón, rueda hacia arriba desafiando la gravedad y agarra la cuerda mientras me dice que monte yo reunión con la otra cuerda, que se va para la cascada. En menos de 10 segundos está a pie de vía, extendiendo el cuello hacia la verticalidad. Ha pillado sitio y ya está conversando con otros escaladores que están picando hielo. Y en menos tiempo aún, ya tiene montada la reunión. Ala, todo el mundo a probar la escalada en hielo. Hay  nervios y expectación.

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Jorge y Jose L. dan señales de vida, diciendo que están por allí arriba. Y le digo que cuando estén en la Hoya de la Mora me avisen. y voy a por ellos; mientras el resto ya hemos cambiado de ubicación. Hemos empezado a probar el hielo por primera vez, y la sensación es indescriptible. Para todos sin excepción es nuestro estreno, y cada uno lo afronta de su manera más personal.

Sera hace los honores asegurado por mí, y el repiqueteo del piolet sobre el frío hielo suena a gloria. Todos estamos atentos ante cómo evoluciona hacia arriba.

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Las cámaras comienzan a inmortalizar este histórico momento donde hemos vuelto a dar otra vuelta de rosca. Cuando me llega el turno me enfrento al hielo, a la pared. Esto no es roca, es algo aparentemente más frágil. Por eso mis primeras pegadas son con menos fuerza que una lata de Sprite abierta hace dos años. Hay que darle duro, que el piolet se clave con garra, que te sientas colgado de él. Y así lo hago, y cambia radicalmente la progresión por la pared azul. Aún no nos estamos creyendo que estemos ascendiendo por hielo, y en las caras de satisfacción se nos nota.

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Luego va Jose, que sube con maestría, al igual que Piedad e Isa, ésta última toda una campeona, que para ser su primera experiencia invernal se estrena nada más y nada menos que con una pared de hielo.

 

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Le toca el turno a Jesús, y todos, sin excepción lo miramos… lo buscamos, y lo encontramos, oculto tras su nerviosa sonrisa, como diciendo, no, si eso ya voy yo mañana. Pero le echa valor y toca la fría pared, la tantea, la estudia, la escucha. Mientras tanto, ya le hemos atado el arnés a la cuerda. Como si de Lluvia de Estrellas se tratara se despide de nosotros y enchufa hacia el infinito y más allá. Pronto toma confianza y sus movimientos se van haciendo cada vez más certeros. Lo ha conseguido y le espera el Aneto, el Urriellu y lo que le echen.

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Vuelvo a recibir una llamada de Jorge. Acaban de llegar Jose y él, así que me dispongo a subir a por ellos y traerlos hasta la pared.

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Jorge llega como una moto y se enchufa al arnés y comienza a pegar pioletazos al hielo, no sabemos si porque quiere hacerse un cubata rápido o qué. La vía se le queda pequeña al muchacho que quiere más, y cuando llega casi a la reunión pregunta que por dónde se tira.

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Aunque no hace viento, a la sombra sí que se nota el frío, pues llevamos todo el día bajo cero. Volvemos donde teníamos nuestros pertrechos y hacemos alguna práctica más. Jorge se escaquea de los nudos, y nos tememos que le va a quedar para septiembre.

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El tiempo pasa volado y cuando nos percatamos es hora de que vayamos recogiendo el material. Todavía tenemos que bajar al camping e instalarnos en las cabañas reservadas.

Nos escapamos por los pelos de bajar con la caravana que sale de la estación de esquí. Pero antes de la Zubia tenemos algo pendiente que ha surgido más arriba: en relativamente poco tiempo nos dejamos caer para Cenes y nos vamos de compras a Nivalis; toda una superficie dedicada a los deportes de montaña para deleite de nuestros ojos y sufrimiento de nuestras carteras. Las tarjetas de crédito se esconden en lo más intrincado e inaccesible del cuero de nuestras billeteras, y por suerte para ellas, ahí se van a quedar.

Miramos todo, lo tocamos todo, nos ilusionamos con todo, pero no compramos nada y eso que nos ahorramos. Jorge es enamoradizo y se queda prendado por una estilizada prenda roja y negra, pero no da el paso de entrarle, se queda con las ganas, y el sun sun durante el trayecto siguiente en el coche es de lamentaciones de si debería o no habérsela comprado. A día de hoy puedo afirmar que sigue enamorado de esas mallas Grifone.

El camping espera y fichamos a la entrada, nos distribuimos en tres cabañas de madera. Una duchita algunos, y nos disponemos a cenar. Graciela me ha llamado y me dice que cuándo y dónde nos vemos. Nos honra con su presencia, aunque está tocada de la garganta.

Yo he comprado una bolsa de soja frita, y no sé si es efecto de tener los labios cortados o que en vez de sal, las puñeteras llevan guindilla picante, porque pronto tengo esos labios como los de Carmen de Mairena. Hasta algún “oye chato” sale de mi boca. Jorge me ofrece una cerveza que ha traído su hermano de Alemania, que tiene 10 grados y es de un litro. Pretende tumbarme como a un elefante en una cacería en Massai Mara. Sólo puede caer una y ya me modero con cervezas más livianas.

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Pasamos un buen rato de tertulia-cena, comiendo y cogiendo fuerzas para el día siguiente. Hay planes de repetir por la zona, hacer algún corredor, y Sera insiste si no podríamos volver al hielo, que como que no le ha gustado al muchacho (ni a nosotros tampoco).

Consultamos el tiempo y comprobamos que con todo lo bueno que hemos tenido hoy, parece que ya hay suficiente. Dan nieve para el domingo, así que nos proponemos no arriesgarnos en demasía e improvisar sobre la marcha. Y ahora, al sobre que espera otra intensa jornada.

Día 2:

“De cómo nuestros intrépidos montañeros afrontan las inclemencias del tiempo y el meteoro y salen airosos, henchidos y victoriosos, resolviendo con valientes y heroicas hazañas de otras alternativas igual de interesantes”.

Amanece. Hemos descansado y toca desayunar. Para nuestra sorpresa, no es que únicamente el cielo esté encapotado, sino que también nieva en Granada. Mal presagio. El caer de finos copos de nieve nos hace pensar que arriba estará la cosa peor. Pero tras hacer gabinete de crisis decidimos que le tiramos, y si la cosa se pone fea, para abajo.

Nos hacemos la foto de bandera, metemos las cosas en los coches y pagamos la estancia. Hay que subir antes de que las hordas de esquiadores y domingueros nos aborden. Por suerte, el tráfico es relativamente fluido, y llegamos bien a la Hoya de la Mora, encontrando aparcamiento en el margen de la carretera. Hace frío, nieva pero se puede estar, eso sí moviéndose, porque cuando uno para, se empieza a meter por las costurillas de la ropa un biruji traicionero que te obliga a pegar saltitos como los Teletubbies.

No hay perspectivas de hacer hielo. Unos pucheros provocan en el semblante de Sera que dos tiernas lagrimitas broten de sus ojos. Piedad es la primera que lo consuela, dándole unas tímidas pero cálidas palmadas en la espalda, y pronto nos sumamos el resto del grupo para abrazarlo y hacer terapia de grupo. Hemos sacado del borde de la depresión al bueno de Sera, no caerá en drogas ni alcohol para superar esto. Me llamo Sera, y soy picador de hielo.

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En fin, ya que estamos allí se propone hacer un corredor sencillito de los que hay a la espalda del Albergue Universitario, y allí que nos dirigimos, bajo la copiosa nevada, que lejos de incomodarnos, agrega cierto atractivo alpino a la actividad. A falta de pan, buenas son tortas.

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Elegimos un corredor muy bonito, con un incipiente patio pero bastante asequible. Lo justo para quitarnos el gusanillo de hacer algo en el día. Todos los pupilos están pasando con nota el fin de semana, y se les ve entusiastas en afrontar todo lo que se les propone. Jorge se convierte en nuestro particular “Jorge Colleja” grabando en vídeo algunas escenas que servirán para inmortalizar grandes momentos. Llegamos a la cumbre y nos congratulamos enfrente de la cámara. Y ahora, a los coches.

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Con todo el dolor del alma nos vamos, pero antes paramos en un bar de la carretera donde degustar una cerveza fresquita y una tapa (y algunos comprar algún recuerdo en forma de Virgen de las Nieves). En las caras se nos ve que hemos pasado unos días muy buenos, que el tiempo no nos ha hecho mella, sino todo lo contrario, y que el buen ambiente ha sido la nota predominante. Esperemos que el año que viene haya más.

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Ahora nos quedaba la dura tarea de evaluar a los alumnos, comprobar a la vista de las actividades de ellos sin son merecedores del diploma acreditativo del Primer Curso de Iniciación al Alpinismo de AFP. En nuestra opinión, lo superaron con creces. Aunque Jorge, todavía quedan pendientes los nudos. Pa’ septiembre.

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