Author: Fox Mulder
•domingo, octubre 25, 2009
El tiempo es una apisonadora que avanza implacable y no se detiene. Cuando me vengo a dar cuenta ya ha pasado más de una semana desde que hicieramos cumbre en uno de nuestros más cercanos tresmiles de Sierra Nevada: el Picón de Jérez. Una espina clavada, a decir verdad.

Después, entre tanto follón, encontrar un momento de inspiración para reflejar nuestras andanzas se hace bastante complicado... por encontrar el momento, y más por encontrar la inspiración. Pero vamos, que me niego a que esta ruta se pase por alto, y hay que subir al blog aunque sea la foto de bandera para que quede constancia de nuestro esfuerzo.
La noche del cambio de hora... un evento simple, ¿o no? Cualquier ser humano de mediana edad se ha enfrentado ya a esta situación en repetidas ocasiones, pero de las tres personas que fuimos a la ruta hay dos que necesitan repasar un poco los entresijos de este misterioso acontecimiento. Aunque dudo que pudiera afirmarse que un 66% de la población no sabe bien como manejar este asunto.

Para ser sinceros, yo me lío siempre con lo de adelantar o atrasar la hora... ¿qué significa adelantar? ¿Que la segunda hora de la madrugada se adelanta? ¿O es la tercera la que se adelanta? Pero entonces, ¿cuál es la que se atrasa? ¿Las dos o las tres? En realidad, el hecho de adelantar una hora implica retrasar otra, ¿o no? Total, que yo siempre me quedo con lo de "a las 3 son las 2", o "a las 2 son las 3", que es mucho más fácil de entender, en mi humilde opinión.

Después está el peculiar modo de referirse a la hora ya cambiada: la hora "buena". Por otro lado tenemos la hora "mala", la que nos trajo tantos follones el fin de semana pasado... ¡mala, mala, mala!

El caso es que no sé que espasmos neuronales provocaron que, teniendo plena constancia de que se cambiaba la hora, el despertador me sonara una hora antes, según la hora "buena". Por otro lado estaba Olga, que aunque parece tener claros los conceptos del cambio de hora, necesita algún repaso respecto a esa familiar pareja de caracteres que acompañan los dígitos de la hora en todo buen despertador: A.M. y P.M.; de no ser por mi llamada no se hubiera levantado de la cama, ya que el despertador estaba programado para unas 12 horas más tarde, lo que le hubiera supuesto un buen descanso, sin duda, pero incompatible con un sacrificado día en la montaña.

En definitiva, en un determinado momento (ni hora "buena", ni hora "mala", sino otra diferente), partimos de Canal Sur, Luigui, Olga, y yo, a meternos un buen tute de montaña entre pecho y espalda. He de reconocer que estaba de malos humos, y tantos kilómetros de coche por delante tampoco es que me ayudaran a levantar los ánimos. Pero bueno, tras el desayuno en el Montellano, y las primeras estampas de Sierra Nevada, la cosa iba tomando otro color.

Tras una pista infernal, digo... forestal, alcanzamos una pequeña zona de estacionamiento donde dejamos el coche. Estabamos a unos 3 kilómetros del refugio de Postero Alto, a unos 1.600 metros de altura, esto significaba que nos separaban unos 1.500 metros de desnivel entre el punto de partida y nuestro objetivo.

Después de unos 45 minutos de caminata pasamos el refugio de largo, y seguimos subiendo en pos de la entrada al cauce del Alhorí. Nos cruzamos con una simpática pareja de excursionistas que bajaba, y tras unas palabras de ánimo, nos comentan que ya habíamos pasado lo peor. La subida fue a buen ritmo, y el recorrido entretenido. Al tiempo alcanzamos las primeras vistas aéreas del Alhorí, con un buen caudal de agua, y el Picón de Jérez al fondo.

Entre el constante murmullo del río llegamos al circo del Alhorí, dejando el agua atrás, y con unos cuantos neveros por delante. Entonces comenzó el auténtico infierno: remontar ese pozo que es el circo del Alhorí hasta llegar a la cumbre del Picón. Me acordé de los excursionistas y me vino a la mente la imagen de una inmensa mano golpeando el morrillo de los optimistas montañeros fracturando su cuello (¿con que ya habíamos pasado lo peor, eh?). La pendiente era muy fuerte, y las energías estaban flaqueando, nos sobreviene una sensación de sueño, de cerrar los ojos y quedarnos dormidos. El sendero se escabulle de nuestros pies y nos encontramos andando sobre un aluvión de piedras que se deslizan hacia abajo, haciendo nuestros pasos prácticamente inútiles, y el avance lento.
Ya falta menos, hemos llegado casi a la cumbre y la pendiente se suaviza considerablemente, el GPS nos dice que estamos a 100 metros del objetivo, yo todavía no me lo puedo creer... no me lo quiero creer, remontar aquella pendiente y luego no encontrar el objetivo allí al lado se me antoja una noticia funesta, no quiero hacerme ilusiones. Finalmente, vemos como a cada paso, la línea del horizonte baja más y más, aceleramos el paso, ya está hecho, y vemos el hito que marca el Picón, ¿es ésto? ¿Seguro? Al fondo, Mulhacén y Alcazaba nos dan la bienvenida. Eran poco menos de las dos de la tarde, ibamos cumpliendo el horario a rajatabla. A pesar de todos los contratiempos, llegaríamos a Almería con tiempo para descansar, y lo más importante, con el objetivo cumplido.
Tras las fotos de rigor, y dado que allí era imposible pararse a comer debido al tremendo viento que soplaba del Oeste, pusimos pies en polvorosa para encontrar un lugar digno en el que reponer fuerzas. Emprendimos la vuelta pasando por otro tresmil, el Puntal de Juntillas, de 3.140 metros de altura. Sin problemas, una pequeña elevación sobre el terreno después de lo que llevamos ya en las piernas. Comienza el descenso, y podría decirse que caímos en picado: a las tres ya estabamos en las piedras de los ladrones dando buena cuenta de nuestros bocatas, y de un Valdepeñas cortesía de Olga, que entró como un tiro (de rápido, me refiero).

Dado que anochece antes, y el viento era "incómodo" (a pesar de estar a refugio de esas piedras, el viento soplaba por todos lados) no hubo tertulia de sobremesa y nos dejamos caer hacia el refugio de Postero Alto. Yo me puse el piloto automático, y como un autómata fui poniendo un pie detrás de otro hasta llegar al refugio, donde hicimos una breve parada antes de continuar hasta el coche. Echando la vista atrás, con las piedras de los ladrones recortadas sobre el horizonte, me parecía increíble que sólo hace dos horas hubieramos estado comiendo allí.

Bueno, y eso es todo... está visto que "to es ponerse"...
Author: Fox Mulder
•viernes, octubre 09, 2009
Otra escapada a tiro de piedra... ¿será por montañas aquí en Almería? Esta vez al Alfaro, ese pico en forma de Veleta en las estribaciones occidentales de Sierra Alhamilla.
Un día de escándalo en lo que a climatología se refiere, casi veraniego, lo que nos hacía pensar que tal vez pudieramos pasar bastante calor durante la subida. Y así fue. Y eso que retrasamos la salida sobre la hora prevista debido a un malentendido, y luego, pese a tener indicaciones precisas de como alcanzar el punto de salida, lo pasamos de largo dos veces antes de dar con él. Así que hasta las 5 y media pasadas no nos pusimos a andar.

El inicio de ruta era un "empinado sendero" según nuestras indicaciones, y sí, empinado era, pero sendero no se veía por ninguna parte. Y esa fue la tónica durante bastantes tramos del recorrido, sobre todo cuando a la vuelta se nos hizo de noche. En terrenos como éste, de piedras y tierra, y tan poco transitados, es difícil encontrar un sendero claro. Sólo los hitos, en forma de inestables torres de piedras, nos guiaban de forma precisa hasta la cumbre del Alfaro.

Jaime empezó como un huracán y al poco nos había sacado un buen trecho. La gente joven, que no necesita calentar ni cosas de esas. A mi, en cambio, me faltó el aire en más de una ocasión pese a llevar la mochila más ligera que nunca. Y a Olga, cuyas mejillas se tintaron en seguida con el rojo característico del Sol traicionero de media tarde, le derivaron los colores a morado intenso tras unas cuestas debido a la asfixia.

Tras unos cuantos sube-y-bajas de pendiente moderada nos encontramos ante un cuestón, de terreno inestable y resbaladizo, que daba acceso a la cresta final del Alfaro. Pensé que más complicado sería bajarlo, y menos mal que la luz natural, aún con el Sol ya escondido, nos alcanzó para bajar ese trecho del camino antes de colgarnos los frontales en la cabeza.
El último tramo fue lo más divertido de la ruta: una cresta con un abismo a la izquierda y una ligera pendiente descendente a la derecha. Lo que daba cierta seguridad ya que tener la gravedad en la misma dirección del abismo no hubiera sido plato de mi gusto, ni creo que del de ninguno de nosotros. Aquí el sendero desaparecía en largos tramos y era sustituído por lo que a mi se me antojó una enorme "rayuela" natural. Una secuencia de grandes piedras en las que el entretenimiento era encontrar la superficie plana sobre la que apoyar el pie antes de pasar a la siguiente piedra. Si vuelvo a hacer la ruta prometo ir marcando y numerando con tiza esas superficies planas para hacer el juego más entretenido.
Hicimos cumbre y tras las patéticas llamadas de rigor a las parejas aprovechando la cobertura, nos pusimos a cenar. Las vistas desde la cumbre eran espectaculares: al Norte la Sierra de Filabres, claramente visible el Calar Alto, y tímida tras unos cerros la Tetica de Bacares; al Sur la ciudad; al Este, la falda de Sierra Alhamilla con un verde espectacular; y, por último, al Oeste, el inmenso desierto de Tabernas y Sierra Nevada al fondo, con sus grandes picos, Mulhacén y Alcazaba, perfilados sobre el horizonte.
Tras la foto de bandera, y apretando el culo porque el Sol ya se había escondido tras Sierra Nevada, nos pusimos en marcha. Y lo de apretar el culo lo digo tanto en sentido de imprimir velocidad como por los resbalones que se fueron sucediendo durante la bajada, que nos obligaron a tensar glúteos para amortiguar las caídas. Primero en liarse a golpes contra el suelo fue Luigui, a continuación fuimos Jaime y yo los que dimos con nuestros huesos en tierra tras un mal apoyo, y por último, ya a pocos metros del final de la ruta, y de noche, fue Olga la que metió el pie en una grieta oculta bajo un seto y que apunto estuvo de hacer rápel sin cuerda.
Author: Motorizer
•lunes, octubre 05, 2009
IMG_8475

Como si de un depredador hambriento que llevara varios meses sin catar presa alguna, así me encontraba yo la semana pasada. Muchos meses han pasado para mí sin poder pisar la montaña, demasiados diría yo, y aunque ahora mis pies están pegándome cortes de manga cuando les recuerdo que ya estoy maquinando donde ir dentro de poco, puedo decir que la ruta de este sábado ha sido de las más gratificantes que he hecho en cuanto a alta montaña se refiere.

Todo comenzaba a las seis de la mañana, una hora prudente si tenemos en cuenta que teníamos que ir hasta la Hoya de la Mora, nuestro punto de partida. Allí nos encontrábamos Jesús, Manolo (después de un año sabático), Pablo y un servidor, dispuestos a comernos lo que hiciera falta (bocadillos, frutos secos y tarta de queso del Tío Resti incluida).

Jesus Manolo

Pablo Luigui

Desayunamos donde siempre, pero esta vez el camarero nos demostró su curso estival de tauromaquia, puesto que soltó su estoque con maestría a la hora de cobrarnos el exiguo desayuno de tostadas de jamón con Colacao. En el bar vimos que había una feria del queso en Granada, e ilusos de nosotros nos comprometimos a ir si llegábamos con buen tiempo al regreso.

Si hay que destacar algo de esta ruta es el sube y baja constante que existe a lo largo de toda ella. Caminos que parecen imposibles desde la lejanía pero que cuando te vas acercando, compruebas que puedes subirlos, ahora bien, prepara los gemelos y respira hondo.

Monumento a la esquiadoraDespués de subir por la pista dirección al Veleta, nuestro GPS nos indicaba que debíamos abandonarla para bajar al valle por la zona del campanario, buscando por donde subir hasta llegar a la cresta de los Tajos del Campanario, donde se ubica un monumento a una esquiadora fallecida. De ahí partía el inicio del Veredón Inferior, hacia el Corral del Veleta, en una bajada por un desfiladero que ya hacía asomar el topo en algunos tramos.

Tajos del CampanarioDe frente teníamos Veta Grande, que a simple vista parecía una fortaleza inexpugnable para nuestras botas. Pero se intuía una senda en un frenético zigzag por donde subir, eso sí, con una inclinación de no te menees. Pero todo fue ponerse y subir poco a poco, mientras cada uno iba con sus pensamientos más íntimos.

Subida Veta Grande Una vez en el Collado de Veta Grande, comprobamos que debíamos volver a bajar al valle del corral de Valdeinfiernos, para luego seguir por enfrente en otra mortal subida. Pero ya se podía divisar nuestro objetivo: La Laguna Larga. Quedaba tela marinera.

Laguna_Larga_Pano_010 De nuevo vuelta a bajar y vuelta a subir, esta vez con un poco más de exposición y atravesando un sendero entre lascas, el cual se iba haciendo algo largo, pero de pronto, voilá, apareció una laguna de la nada, ya sabíamos que nos quedaba poco, y efectivamente, al llegar a un otero, allí estaba, abajo, espectacular y preciosa, un regalo para los ojos, la Laguna Larga. Eran las tres de la tarde y las tripas estaban que parecían un motor de un Boeing 747.

Laguna_Larga_Pano_024Tras comer, teníamos que ponernos en marcha y estuvimos estudiando por donde hacerlo, ya que un montañero con el que nos cruzamos, tomó nuestro camino de ida para luego desviarse a su izquierda. En una de mis exploraciones mientras el resto descansaba, divisé una senda que ascendía vertiginosamente hacía la arista de los Crestones de Río Seco, con una inclinación que era nuestro postre para hacer la digestión. Y por ahí tomamos. Empezamos a subir, y a subir, y a subir, y al llegar a un collado, pudimos comprobar que aún teníamos que bordear un pequeño precipicio con el que Jesús no contaba y al que le costó proseguir. Pero al cabo de un rato y de una pequeña trepada salimos a la pista de la cara sur. Lo peor había pasado.

Laguna_Larga_Pano_029 Sólo quedaba un escollo: el famoso paso de los Guías. Jesús estaba ya que le daba igual ocho que ochenta, así que para él fue como un mero trámite.

Paso de los guías

A partir de ahí, desde el refugio de la Carihuela ya todo fue cuesta abajo, coser y cantar, aunque las rodillas estaban muy resentidas, los pies ardiendo y las ganas de llegar al coche, antes de que se fuera la luz, desesperadas. Por fin llegamos y tras una intensa pateada de más de 20 kilómetros, regresamos a casa.

Author: Fox Mulder
•jueves, octubre 01, 2009
O dicho de otra manera, ¿cómo es esto de escaparse a la montaña entre semana?

Pues sumamos de un lado las ganas de Luigui de escaparse al campo después de unos intensivos meses de estudio, con las ganas de hacer algo diferente que tenía yo. A más gente le pareció una buena idea, pero como siempre, al final quedamos los mismos.
Todavía estaba picando código a las tres de la tarde con esa soga en forma de corbata anudada al cuello, aunque floja por eso de respirar y tal (desobedeciendo de manera flagrante las directivas de mi empresa acerca de la indumentaria) y a las cuatro habíamos quedado en Canal Sur. El reto de ser puntual por n-ésima vez consecutiva estaba flaqueando, y yo no quería darle el gusto a JM (como aquella vez que llegué tarde con Olga) de que me viera sufrir sus miradas reprobatorias.

Tenía que llegar a casa, comer, arreglarme, preparar los bártulos, y salir para el Canal Sur, donde aparecí con un retraso de cinco minutos. Allí estaba Luigui, que esperaba con paciencia, y que me puso al corriente de que nos habíamos quedado solos ante el peligro. Pues nada, arreando que es gerundio.

Esta vez era yo el encargado de llevar el peso de la expedición: Luigui, neófito en esto del pateo en la montaña, y en las cimas más emblemáticas de la provincia, se mostró muy interesado en todo momento en los comentarios que iba realizando al paso de las diferentes cadenas montañosas de camino al puerto de La Ragua: "Mira, Luigui, aquí tienes Sierra Alhamilla", "¿Ves aquel pico con un extraño edificio blanco en la cumbre? Se trata de Calar Alto, y esta es la Sierra de Filabres", "¿Ves allí a la izquierda? Comienzan las estribaciones de Sierra Nevada...", en este punto interrumpido inocentemente por Luigui, que sorprendido, creía que Sierra Nevada estaba en Sevilla y pertenecía a Andalucía, quedando por tanto fuera de nuestra provincia... le correjí con paciencia:
-En absoluto, de hecho el pico que vamos a visitar, el Chullo, pertenece a la Sierra Nevada almeriense...
-¿Cómo? ¿Chu-qué?
-Chu-llo.

Gilipolleces aparte, llegamos a un solitario puerto de La Ragua antes de las cinco y media de la tarde. Fue bajar del coche y ponernos a andar. La temperatura a aquella altura era muy agradable, y apenas soplaba una ligera brisa, pero conforme ibamos avanzando hacia la cima del Chullo la temperatura bajaba al mismo ritmo que brisa se transformaba en vientos, y además, bastante fuertes. A ésto hay que sumar la niebla que nos rodeó durante la mayor parte del recorrido, y que empapaba nuestras ropas casi como si nos estuviera cayendo encima un aguacero.

La visibilidad era limitada y daba a la sierra un aspecto fantasmagórico. El último tramo se hizo un poco largo y pegamos un pequeño acelerón para quitárnoslo de encima. En hora y media estabamos en la cumbre, y dado que allí la sensación térmica era de bajo cero, y los vientos insoportables, cumplimos con el ritual de la foto de bandera y bajamos cagando leches.

Nos detuvimos en el refugio para tomarnos un pequeño bocata antes de continuar la marcha, y sobre las ocho menos diez pusimos ya el turbo cuesta abajo poniendo a prueba nuestras articulaciones, que respondieron bien pese a llevar ya la tela de años sujetando nuestras respectivas cabezas.

Al poco de salir se hizo de noche, y los últimos tramos del recorrido los realizamos con la ayuda de frontales. Y sin más sobresaltos llegamos al coche. Allí no hubo foto de meta porque las baterías de las cámaras se habían agotado en la cima. Así que tras unos breves ejercicios de estiramiento, pusimos un poco de música, un CD recopilatorio con 17 temas, que acabó al tiempo que llegabamos a Almería.
Author: Fox Mulder
•sábado, septiembre 12, 2009
Si no me falla la memoria es la segunda vez que atacamos el Chullo de noche. El planning era ver la puesta de Sol desde su cima, cenar, y bajar siguiendo la estela de la Vía Lactea. Pero las previsiones meteorológicas no fallaron, y durante la mayor parte del recorrido tuvimos un espeso techo de nubes que ocultaban la cúpula celeste, y el Sol no apareció ni para dar las buenas tardes.

Salimos de Almería Antonio, Olga, Marc, Sandra, Mariquilla, y yo. En Ferreira se nos unió Miguel, que venía de hacer 90 kilómetros en bici para calentar. La Vuelta había pasado por aquellos caminos unas cuatro horas antes, pero no vimos ni rastro de ciclistas.
La ruta, además, supuso el estreno oficial de las camisetas AFP 2009, las camisetas de montaña más jevis de cuantas se han hecho hasta el momento.

Empezamos a andar y el ritmo fue muy fuerte desde el principio. No paramos prácticamente hasta llegar al refugio, aunque Marc y Mariquilla siguieron hasta la cumbre del tirón. La luz se iba y unas nubes bajas amenazaban con cerrar completamente nuestro campo de visión, además, la temperatura había bajado considerablemente. Así que pusimos el turbo para hacer cumbre lo antes posible, foto de bandera, y bajamos de nuevo al refugio a cenar.
La cena fue digna del mejor restaurante. Con los frontales a modo de farolillos, y un círculo de piedras alrededor del centro del refugio a modo de sillas, dispusimos los alimentos que cada uno llevaba con el propósito de no dejar nada para la vuelta. La tortilla de Olga y Antonio duró poco, pero los pasteles morunos de Sandra y Marc fueron visto y no visto. Y, por último, el termo con té pakistaní calentito fue el cierre perfecto de una cena de marqueses. Si seguimos a este ritmo veremos a ver si en vez de grupo de montaña nos vamos a convertir en un grupo gastronómico.
Hubo sobremesa con sesión de chistes, pero la niebla venía cada vez más cerca desde el sur así que tuvimos que recoger y dejar el calorcito del refugio. El impacto al salir a la interperie fue horroroso: hacía un frío insoportable, y no paré de tiritar hasta bien andados unos cuantos centenares de metros colina abajo. La noche era completamente cerrada debido a las nubes (tampoco la Luna se dignó a saludar en ningún momento) y el camino se hizo un poco monótono durante la bajada.

No vimos animales de vuelta pero sí nos topamos con un par de arañas, fáciles de encontrar pues sus ojos brillaban en la oscuridad, y el innombrable insecto trepanador de cerebros, que estaba ahí, como siempre, expectante, vigilante, amenazador, altivo, que volvió a mirarme de soslayo y me dijo: "¡Andaaaaaa! ¡Tira! ¡Tira!" -perdonándome la vida una vez más.
Author: Fox Mulder
•lunes, junio 15, 2009
Cuando acababa nuestra aventura el domingo pensé que esta vez no haría una crónica, sino una Anticrónica, relatando todas las desventuras de un fin de semana aciago en la montaña. Esta tarde, cuando he leido la crónica de Luigui, centrándose más en mis penurias que en los grandes logros de la ruta, pensé que el material para mi Anticrónica estaba agotado; pero luego pensé en Olga, por la que profeso gran admiración, casi devoción, a la que he robado protagonismo con mis desgracias. Así que me dije que no todo estaba perdido.


Todo empezó el sábado a las 04:55:00:000 cuando llegué con mi coche al punto de encuentro. A esa hora, veinte minutos de espera sin recibir llamadas de nadie advirtiendo del retraso son muchos minutos: el “segurata” de una obra cercana hace ronda de vigilancia para confirmar que no soy un gitano que quiere robar material de obra (ups… perdón… quizás no es politicamente correcto decir gitano, bueno, me refiero a esos señores que atropellan personas y se dan a la fuga, trafican con drogas, no declaran ingresos, viven del estado, bailan flamenco, y eso…); a esa hora si hubiera moscas estarían revoloteando encima mia; se escucha un móvil sonoro (joder, lo que me ha costado encontrar como se llaman los artilugios éstos) con cada ráfaga de viento, es mi momento feng-shui, mi kharma está listo para Siete Lagunas; … en fin, en ese momento a mi kharma lo que le apetece es coger a los que me tienen allí de pie esperando y estrangularlos con un cinturón de Hello Kitty.

Pero entonces llega Olga, con el coche todo-revolucionado, sin dinero ni documentación, saltándose el stop de acceso a la calle, sonriendo y agitando la mano a modo de saludo, como diciendo “¡Ah, mira: Fernando está allí! ¡Qué cosas!”. Me tengo que tragar mi kharma con papas…


A la chica no le gustan las curvas, y en la parte de atrás de mi Toledo ya ha tenido alguna mala experiencia (abstenerse mal pensados, que entre Olga y yo nunca ha pasado nada). Un coche demasiado largo para estos trayectos. Pese a todo se sienta atrás, e intenta dormir, pero me consta que lo pasa mal.

Llegamos, desayuno, y comenzamos los preparativos para la subida. Olga viste su chambergo legionario (recuerdo de una desgracia que sólo a ella le podría perdonar), y una camiseta Quechua de un verde muy particular que le favorece mucho, una pena que yo haya monopolizado también las imágenes en la crónica de Luigui, porque, aunque sé que ella no es muy aficionada a salir en las fotos, es raro encontrar una foto mala de Olga. No sé si sería exagerado decir que enriquece las bellas imágenes de la Naturaleza que capturamos en nuestras rutas. Lo que es seguro es que no las estropea, eso es fijo.

Como no aceptó la invitación que le propusimos Luigui y yo de compartir tienda (dijo que a ella las mechas no le favorecen mucho) tuvo que cargar con su propia tienda, lo que me hace pensar que de los tres conjuntos tienda+saco+esterilla, el suyo era el que más pesaba.


Pero ahí que comenzamos a subir.

Y a subir... y seguimos subiendo… y subimos más… y no paramos de subir.

Olga y yo sufrimos de lo lindo, y vamos siempre rezagados, no sé si me está esperando cortésmente, o que se siente a gusto con el ritmo que llevo. El caso es que yo intento siempre ajustar mis pasos para que ella no se despegue. Se sufre mucho más cuando quedas rezagado en la montaña, pero eso no lo sabe mucha gente.

Llegamos a la Campiñuela, ahí me creía que había pasado lo peor, pero me equivoqué. A partir de ahí cambiaron las tornas: me quedé a la cola siguiendo la estela de Olga, que parecía tener un depósito extra de combustible. No pude seguirla. Me parece increíble. Puede que sea machista sorprenderse de ver a una chica subir esas pendientes con esa cantidad de peso, pero para mi fue admirable verla avanzar con todos esos bultos a la espalda. Son sólo 10 kilómetros de Trevélez a Siete Lagunas, pero con ese peso a la espalda, ¿no es ésto realmente una hazaña?


Eres mi ídolo, tíaaaaaaaaaaaaaa ;-)
Author: Motorizer
•lunes, junio 15, 2009

IMG_6928

Bueno, un año más hemos repetido la señera ruta de Trevélez a Siete Lagunas, tras algunos cambios de fechas, bajas y altas y demás temas de organización. Esta vez el grupo se veía reducido a un triunvirato montañero, Olga, Fernando y un servidor.

Es cierto que la logística no ha sido tan exhaustiva como otros años, sino más bien casi como decir, oye ¿quedamos mañana y nos lanzamos a subir a Siete Lagunas?, vale tío, ¿a qué hora? A modo de una actuación de jazz fusión, la improvisación ha sido la bandera notable en esta expedición, con una excepción: estaba claro que las Murphys iban a ser equipaje obligado. Lo demás, lo que cupiera en la mochila.

PRIMER DÍA: SUBIDA A SIETE LAGUNAS.

Entonces, a eso de las cinco de la mañana, y unos minutillos más, estábamos acoplados en el coche de Fer, con más miedo que ganas, puesto que el peso que llevábamos nos hacía pensar que era tela marinera lo que teníamos que portar hasta allí arriba. Pero la suerte estaba echada, y para Trevélez que nos dirigimos. Como una cotorra, no paré de hablar durante todo el trayecto, mientras Olga aprovechaba para echar un sueñecito. Amanecía cuando llegamos a las faldas de Sierra Nevada, y tras muchas e interminables curvas aparecimos en el Rivendel del Jamón. Como siempre, desayunamos en el único bar que a esas horas está abierto, y como no, para coger energías cayeron las ya tradicionales tostadas con el oro rojo porcino.

7

Nos preparamos, tras aparcar el coche un poco más arriba, en el único hueco que habían dejado los tirititeros que se habían hecho dueños y señores con sus atracciones de feria (el pueblo estaba en fiestas). Primera contractura: levantar en peso la mochila para colocársela es digno de mejor campeón harrijasotzaile, Iñaki Peruena.

Unos chavales nos piden información sobre la subida, y si la arista entre Alcazaba y Mulhacén está practicable. Nosotros contestamos como montañeros “aficionadillos”. Más gente sube al mismo sitio. Esto parece que va a estar animado.

Las calles del pueblo son un momento para calentar, tan empinadas y empedradas, ahí todo simpáticas, con lo cual, los gemelos te empiezan a picar. Abandonamos la civilización en el camino que ilusamente nos indican que tenemos cinco horas por delante para subir a nuestro destino.

Hace calor, incluso para la hora que es, las ocho y media de la mañana. Pero con el paisaje, el verdor que se ve por todos lados, lo intentamos llevar lo mejor posible. Sabemos que nos queda mucho por delante. Las acequias van llenas, y el rumor del agua es la banda sonora en el primer tramo.

IMG_6620

El hombre que susurraba a los caballosY se acaba lo bucólico. Hay que afrontar lo más duro en desnivel de la ruta, sin sombra, sin piedad, a saco, a echar los higadillos. Y nos metemos en faena, qué remedio. Nos lo tomamos con paciencia. Tras el primer periplo, como porteros de discoteca, pero sin apariencia agresiva, una manada de caballos pastaba tan ricamente en medio de la vereda. Pero ni siquiera se fijaron en si llevábamos calcetines blancos o no. Alguno relinchó a mi paso, y mis cataplines se bailaron una tarantela dentro de mi pantalón.

 2

Llegamos al pinar, que si fuera más crecido sería una bendición, pero no, es todo lo contrario, un infierno verde que te atosiga sin piedad, eternizando la subida hasta la Campiñuela. Aquí, el grupo estaba disgregado, con alguna parada que otra. Yo me adelanté hasta el privilegiado otero que es la era del refugio, previo al lugar donde íbamos a hacer la parada técnica, el manantial que hay más adelante.

IMG_6663

Ya se podía ver el espectáculo de las Chorreras Negras en la lejanía. Pronto llegan el resto y tras un breve descanso, decidimos estirarnos hasta la pradera donde brota un fresquito manantial. Lo peor había pasado, o casi.

IMG_6707

Desde la Campiñuela hasta el vertedero, nuestros hombros consiguieron algo de alivio, pues la subida, aunque constante, era llevadera. En el Vertedero, descansamos, pues tocaba de nuevo darle a los pinreles, disfrutando de la fuerza del agua que bajaba con ganas estrellándose en una y otra piedra buscando el cauce del río Trevélez.

Siete_Lagunas_Pano_004b

IMG_6728 Mis ojos no dan a basto para mirar a todas direcciones, pues por donde uno ponga la mirada encuentra algo que merece la pena retener en la mente: una cascada, neveros, túneles de nieve, verdor, flores, el cielo azul, las nubes. La ruta está más que espectacular, increíble, no me la imaginaba así, me faltan adjetivos y mi cámara me pide por favor que no la guarde en su funda, que quiere inmortalizar todos y cada uno de esos lugares y momentos.

Cruzamos por el vertedero y comenzamos la penúltima subida, antesala de las Chorreras, que ya se escuchan en la lejanía. Aquí ya hay overbooking de personas que se dirigen hasta allí, algunos, más ligeros de equipaje para envidia cochina nuestra. 3

Y ya estamos en las Chorreras Negras; imponentes, con más agua que nunca, con más ruido ensordecedor que uno se pueda imaginar, en pleno apogeo de la más exuberante naturaleza.

IMG_6761

La pendiente es considerable, y los hombros piden clemencia, quieren descansar, pero para ello hay que afrontar el último reto. En medio de la cascada me llama Jesús, que me tenía controlado el horario, y acierta con el lugar exacto donde me encuentro. Consigo llegar hasta arriba, donde arrojo violentamente al suelo la mochila, oteo previamente la zona buscando un lugar donde asentarnos, y lo comunico por el walkie a Fer, que apenas le entiendo algo por lo ensordecedor del entorno. Me siento en una roca desde donde observo como Olga va comiendo metros hasta nuestro encuentro, y Fernando le sigue a la zaga unos metros más abajo.

IMG_6782IMG_6815

 

IMG_6823El lugar está animado, así que no nos demoramos mucho y buscamos donde ubicarnos, pues hay mucha agua y lugares secos y blandos no es que abunden mucho. Vamos pasando con mucho cuidado los traicioneros borreguiles, que a veces escondes trampas ocultas de agua y barro. Nos ubicamos en la ladera del Muley, bajo su manto protector, y cerca de un manantial de agua que salía fresquita de un nevero.

Había que montar pronto el campamento base. Llegamos a unas corraletas donde consideramos poner las tiendas, pero nos pudo más el hambre, así que primero metimos combustible al buche y después comenzamos el montaje de nuestros habitáculos. Mientras Olga y Fer montaban la tienda de la primera, yo me eché una mini siesta, pero luego nos tocó a nosotros. Vamos a ver: una tienda, sus instrucciones, dos adultos de edad media (jo que mal nos va sonando ya eso), universitarios y sobradamente preparados. Pues fue peor que si a una ameba le das para hacer un sudoku de cincuenta filas. Que si la piqueta es por aquí, que si tensa por allá, que se abomba y no sabemos por qué, quita piquetas, estira más, que no cabe el avance, que si esto lo otro; pero, lo conseguimos (nos pusimos de tiempo límite el anochecer).

IMG_6935

IMG_6835

Las cabras merodeaban por allí, y las nubes también, y de hecho cayeron varias gotas. Las pobres cornudas tuvieron su sesión obligada de aerobic con un monitor que no habían contratado, Garras, que las hacía menearse que daba gusto con sus persecuciones y ladridos. Sus dueños nos pidieron un mechero marca La Sole que amablemente Olga les prestó. Mientras mis compañeros descansaban, me fui a llamar por teléfono y dar señales de vida y de paso hacer fotografías, pues la tarde lo merecía. Me fui por la otra loma y fui descubriendo arroyos, lagunas semienterradas aún por la nieve y el hielo, en un paisaje puramente invernal.

IMG_6876 IMG_6884

IMG_6900

IMG_6920

A las ocho y media de la tarde decidimos que íbamos a cenar, pues el cuerpo pedía acostarnos. Como pudimos nos arrejuntamos en la tienda (en el buen sentido de la palabra) e intentamos que cada uno comiera de las provisiones del otro, vieja tradición de AFP en Siete Lagunas. Tras algunas historias sobre zorros caníbales que atacaban a montañeras que duermen solitarias en tiendas de campaña, decidimos irnos a dormir que mañana sería otro día, no sin antes dejar bien atada la basura y puesta a buen recaudo, y ponernos el pijama.

SEGUNDO DÍA: ALCAZABA Y VUELTA A CASA.

Amanece que no es poco, y a eso de las siete de la mañana, tras haber pasado una noche infernal, con los pies apoyados encima de nuestras mochilas, despertándonos cada diez minutos para cambiar de postura, con un viento que se levantó sobre las cinco de la mañana, con lluvia, y con unos ruidos sospechosos de que algo merodeaba nuestras tiendas, decidimos desayunar.

IMG_6934

Los zorros encontraron la forma de entrar en nuestro “inexpugnable” zulo de detritus. Parece que les gustó la ensalada americana que Fernando no quiso terminar la noche anterior. Tuvimos que recoger todo y depositarlo en una bolsa nueva. Mientras desayunamos decidimos qué hacer, y Olga y yo pensamos que la Alcazaba ya se había resistido suficiente, y que íbamos a tirarle. Fernando, discretamente se ofreció a cuidar el CB. Sincronizamos los relojes y organizamos el plan de comunicaciones: cada 15 minutos haríamos puesta de contacto, para contar novedades. A eso de las ocho y media empezamos a subir, con la diferencia de no llevar más que los bastones y un poco de agua. La loma se sube casi sin querer, y pronto nos encontramos ya en dirección al Peñón del Globo.

La perspectiva es totalmente distinta a otras ocasiones. Las cabras aparecen de nuevo, esta vez con varios machos de considerable cornamenta. Pero a uno, le sigue otro, y otra y otra, y así hasta treinta en un gigantesco rebaño, que nos hizo de sherpas.

IMG_6957

El camino es difícil de distinguir, pues no es una vereda clara, sino placas de lascas y más lascas de pizarra, pero conseguimos subir mientras la Cañada de Siete Lagunas se va mostrando ante nuestros alucinados ojos. Mantenemos contacto con el CB a través del walkie, qué lujo, como en las expediciones de verdad, y encima sin oxígeno. Llegamos al Peñón del Globo, no sin antes tener que casi trepar por algunos bloques. Hemos pasado del senderismo hasta el montañismo extremo. Coronamos nuestro primer tresmil del día, pero la foto de bandera la hacemos al abrigo del viento. Peñón del Globo, con vistas al Muley y las Siete Lagunas.

IMG_6976

Desde ahí vemos que tenemos todavía por delante una rampa de nieve hasta llegar al Alcazaba, nuestro objetivo. Nos asomamos al “Colaero” y las vistas te quitan el hipo. No puedo dejar de fotografiar. La Laguna Altera está coronada por una cinta turquesa.

IMG_6968

Siete_Lagunas_Pano_014Yo no me quiero ir de allí, me quedaría mucho tiempo, pero no podemos entretenernos, así que nos vamos a enfilar la pala de nieve, molestando a otras cabras (nunca había visto tantas juntas). Pensaba que íbamos a tardar más, pero sin darnos cuenta, la Alcazaba la teníamos ya en el bote, se dejó. Nos ha costado, pero ha caído uno de nuestros grandes objetivos, como en su momento lo fue el Almirez.IMG_6992

Pudimos contactar con el CB, que nos felicitó pero que nos dijo que no nos confiáramos con el tiempo y tiráramos para abajo. Y así hicimos, pero antes, teníamos que disfrutar de lo que se veía. Hacia el este, hacia el norte, hacia el sur, pero lo que más, lo que más me llamó la atención fue el Oeste, con la gigantesca mole del Muley protegiendo su más linda joya: la Laguna de la Mosca, que derrama en sus chorreras su excedente durante muchos muchos metros, en una verticalidad que me dio miedo. Es de las vistas más espectaculares que he visto nunca en mi vida. Me sentí pequeño, minúsculo y humilde, y di una y otra vez, gracias por ser tan privilegiado de estar allí. Junto a un poste con una chapa conmemorativa de un club de montaña catalán, descubrimos una bolsita con una foto plastificada, en la cual aparecía un chaval y en su reverso una emotiva dedicatoria de su hermano, con dos fechas: del 77 y del 97.

Ya teníamos que tirar para abajo, Fernando nos esperaba y todavía teníamos que preparar el equipaje y regresar, el peor momento del día. Acortamos por la gran pala de nieve que aún queda, y a pesar de algún despiste que otro, pronto nos encontrábamos en la loma de Culo de Perro, pudiendo contactar de nuevo con el CB.

Siete_Lagunas_Pano_018 Siete_Lagunas_Pano_020

4Fernando estaba esperando y ya había empezado con el desmontaje de las tiendas y prácticamente había dejado listo todo. Una vez terminado el proceso, comimos algo para coger fuerzas y mentalizarnos de que el camino iba a ser duro y largo, que precisamente las horas de partida eran las peores del día, con todo el Lorenzo cayendo a plomo sin piedad sobre nuestras cabezas. Ya no quedaba nadie en Siete Lagunas, pero al final aparecieron algunos que otros excursionistas de día.

Comienza la Héjira. La bajada por la cascada de las Chorreras es nuestro triste pistoletazo de salida. Es el momento que más pena me da cuando hago esta ruta. Y ya estoy pensando cuándo será la próxima vez que vuelva por allí. Ahora hay que tener cuidado con las rodillas. No está el asunto para bromas.

IMG_7021

Casi sin darnos cuenta, llegamos al Vertedero donde hacemos miniparada para ajustarnos las mochilas, pero antes queremos ver la gran cascada que hay unos metros más arriba. Imposible acercarse a ella y hacernos fotos como en otras ocasiones. Pero por lo menos, la inmortalizamos desde lejos.

IMG_7031

Ponemos piloto automático hasta la Campiñuela, parada oficial de avituallamiento, sobre todo de líquido elemento. Allí, Fernando todavía tiene ganas de bromas y nos ofrece unas jugosas manzanas dignas de cualquier representación de Blancanieves, con la diferencia de que en este caso eran un regalo del cielo para nuestro paladar, y un alivio de 730 gramos menos en la espalda de tan generoso donante. Nuestro paladar se iluminó de pronto, con esa ambrosía fresquita en cada bocado. Allí estuvimos un buen rato, reponiendo fuerzas y como el sol estaba castigando, no perdimos mucho el tiempo.

IMG_7034

IMG_7036

Atravesamos la temible bajada del pinar, con mis rodillas gritando clemencia y dando algún que otro aviso.

Tenemos ganas de llegar, y cada paso es uno menos que nos falta. Cada uno va inmerso en sus pensamientos, en mi caso el no tropezar o dar un paso en falso con la rodilla tocada, y encima con la típica canción horrenda que se te mete en la cabeza y no puedes soltar (esta vez le tocó a la execrable canción del anuncio de Fanta). Van pasando los minutos, y la bajada es ya un continuo golpeteo en las rodillas, sin sombra para cobijarse, hasta que por fin, un maravilloso nogal, frondoso y fresquito nos regala unos minutos de alivio. Estamos ya encauzados al tramo final, y la sombra nos acoge, e incluso nos permitimos el lujo de refrescarnos en los cursos de agua y fuentes que nos vamos encontrando a nuestro paso.

IMG_7041

Ya casi no me lo creo, estamos en Trevélez, y hemos tardado 3 horas y cuarto, con la parada larga en el manantial incluida. Tenemos la obligación de refrescarnos y quitarnos la mugre del camino. Mientras Fernando se “asea” nosotros bajamos al coche, a ver si ha sobrevivido a las tracas de cohetes, a los botellones alpujarreños y que no haya sido utilizado de urinario del ferial. Por lo que parece sigue igual que el día anterior. Si hay algo que me pide a gritos que haga es quitarme las botas; mis pies son unos garbanzos puestos en remojo, están medio deshechos.

Por fin llega Fernando, que se ha perdido en la gran urbe y nos encaminamos a Casa Julio, donde a la pobre dueña le ponemos cara de pena, como el gato de Shrek, y ella no puede negarse a hacernos unos platos alpujarreños, aunque a nosotros nos dio un regomello de cuidado, pues su marido le estaba inquiriendo para ir a las fiestas del pueblo. Comemos rápido, que tampoco queremos molestarla mucho y tras pagar y despedirnos, nos montamos en el coche.

IMG_7043

Una vez más, hemos culminado esta clásica, echando de menos a quienes no han estado con nosotros, a quienes cuando han subido aquí buscan su renovación espiritual, a quienes aún no lo han hecho y que quisieran haber estado, vamos a la gente que apreciamos. Esta ruta está dedicada a todos y cada uno de ellos.